Ace in the Hole es una bofetada para el
espectador. Billy Wilder convierte la pantalla del cine, o el plasma de tu
salón, en un gran espejo. Y quiere que te mires; que observes la imagen que te
devuelve; que le digas qué ves y a quién ves. Y, finalmente, que le cuentes si
te gusta lo que ves.
Y llega el The End y Billy te pregunta:
¿Qué has visto?
Y tú, que no puedes
hablar porque tienes la voz para adentro, piensas:
¿Que qué he visto me preguntas, Billy? (…) ¡A mí!!, ¡Dios mío, a mí!
El Gran Carnaval es una cruel y sangrante
puesta en escena que pone al descubierto los más miserables instintos del ser
humano. Instintos que pueden ser los tuyos, los míos, los del que se sienta a
tu lado.
****
Es
domingo por la tarde y te acabas de comprar una entrada de cine: ocupas tu
butaca y esperas. La sala se vuelve a negro en segundos, y sin darte cuenta, pasas
a formar parte de ese público que espera ansioso que empiece el espectáculo.
La
película no tarda en contarte que el protagonista, Charles Tatum, es un tipo sin
escrúpulos que practica un periodismo deshonesto. De alguna forma, su manera de
ejercer la profesión provoca que aflore la parte más oscura de los que le
rodean: su ambición, su egoísmo, su falta de ética, su falta de moral. La
finalidad del periodismo sensacionalista es el lucro, y Charles es un virtuoso
del amarillismo. Su gusto por el alcohol y por la mujer del prójimo, sumado a
su falta de ética profesional, ha provocado
su despedido en los rotativos más importantes del país. Sin nada que perder y de
forma casual, encuentra trabajo en un periódico de Alburquerque, Sun Bulletin, en Nuevo México. Pero pasan
los meses y Charles se desespera: no encuentra esa historia que le devuelva a
la cima.
Y,
por fin, la historia llega; y Tatum no la deja escapar: la exprime hasta
ahogarla. El periodista se entera de que un indio, Leo Minosa, está atrapado en
el fondo de una mina. Dispuesto a sacarle partido al incidente -y de paso vengarse
de los que le despidieron restregándoles por la cara la primicia de la noticia-,
consigue que el sheriff y el contratista elijan el modo más lento para llevar a
cabo el rescate. De necesitar unas horas, pasan a requerir seis días para sacar
al indio del agujero. A partir de este momento, Tatum monta un espectáculo repugnante,
supuestamente con una intención informativa, que le brinda la posibilidad de
volver a ocupar las primeras páginas de los periódicos.
Alrededor
del periodista revolotean unos personajes que intentan sacar provecho de la
situación. Leo, ¡pobre infeliz!, delira y cada vez ve a la muerte más cerca; el
periodista monta el circo; y mientras, ¿qué hace el resto? Lo vemos:
La esposa, Lorraine Minosa: mujer amargada que
regenta el bar de carretera. Detesta el lugar en el que vive, a su marido y la
situación en que la tiene. El circo que ha montado Charles alrededor del
accidente de su marido, lejos de molestarle, se ha convertido en su oportunidad
para abandonar esa vida que tanto odia: desde que los periódicos publican los
artículos de Tatum, todos quieren conocer a ese indio que cree que los dioses
le han castigado por querer robarles y que , por ese motivo, han provocado el
derrumbe de la mina. Y su solitario bar de carretera, ahora factura cientos de
dólares. Se deja manipular por el periodista para huir lejos de allí.
El sheriff local, Gus Kretzer: hombre corrupto que
ansía ganar las elecciones. No es difícil para el periodista convencerle de que
esa historia, cuanto más dure, más beneficiosa será para sus aspiraciones electorales.
El capataz: presionado para que
mantenga más días atrapado a Leo Minosa, al final, es persuadido con cierta
facilidad: el sheriff le promete adjudicaciones de obras en el futuro. El plan
de Tatum marcha sobre ruedas.
Leo Minosa: el indio sepultado. Buscador
ilegal de objetos arqueológicos. Enamorado de su esposa. Es el “producto” del
periodista, por eso, Charles se gana su confianza y se hacen “amigos”. El pobre
Leo termina creyendo que los dioses le han castigado, que su mujer le ama y que
Tatum es su fiel amigo. Un infeliz. El tonto necesario para montar cualquier
“circo”.
Los padres de Leo: el padre deambula triste
por el “circo” que se ha montado en torno a su hijo; la madre reza todo el día.
Son los únicos personajes del film que, realmente, sufren por lo la situación
de Leo, su pobre hijo.
Jacob Boot: la única persona
íntegra en este “gran carnaval”. Director del Sun Bulletin. Su lema, “Di la verdad”, y modo de entender el
periodismo es ridiculizado por el periodista.
Los visitantes: la noticia “fabricada”
por Tatum produce un efecto de “bola de nieve”. Los periódicos de todo el país
colocan la noticia en sus primeras páginas; periodistas de grandes rotativos acuden
al lugar y montan sus redacciones y emisiones de radio en directo. Este interés
de la prensa tiene como efecto inmediato la llegada masivas de curiosos y el
aumento de las atracciones de feria, venta de comidas, etc. Cercan el lugar y, a
medida que aumenta la emoción y el morbo del espectáculo, se incrementa el
precio de la entrada: de 0 a 50 centavos. El ciudadano corriente acude en masa
al lugar (…).
Todos ganan, pero
¿alguien se acuerda del pobre Leo?
Pero ¿qué dices? No hay tiempo para esas tonterías. Continúa,
continúa...
(…)El
ansia del público por las noticias sensacionalistas crea un circulo vicioso: cuanto
más se consumen, más negocio y beneficio para las empresas informativas, por lo
que, más noticias amarillas se generan. El
Gran Carnaval presenta a un público responsable de exigir a los medios de
comunicación asuntos morbosos y sensacionalistas; es tan culpable y responsable
como los medios de comunicación. El resultado de este círculo es que los
lectores -visitantes- son, en gran medida, los verdaderos responsables de
convertir la desgracia ajena, en este caso la de Leo, en un entretenimiento morboso.
En
definitiva, estamos en el cine y tenemos a un periodista protagonista sin
escrúpulos; a una rubia fatal oportunista; a un sheriff corrupto; a un capataz
sin escrúpulos, etc. Personajes que, fácilmente, identificas como “malas
personas”: ellos son malos -piensas.
Y te comes una palomita, mientras te reafirmas: rubia amargada y cruel… ¡Yo
no soy así!. Y de repente te abofetean: ¡Zas!
Y te llevas las manos a la cara. Y te duele. ¿Por dónde me ha venido la bofetada? -te preguntas mientras te
recompones en el asiento. ¿Qué ha pasado?
Y el dolor físico desaparece –si es que alguna vez estuvo ahí-, y te duele la
conciencia. Y, aturdido, miras la pantalla y ya no quieres ver más. Y, repentinamente,
te haces pequeñito y te escurres en tu asiento; y miras a la derecha y a la
izquierda; y te chocas con los ojos de los otros que, también, buscan complicidad. Buscan que tú les digas: no, nosotros no somos así, nosotros somos
buenos ¿recuerdas?
¿Qué
ha ocurrido? El Gran Carnaval tiene
un personaje protagonista cuya crueldad hace que nos duela la conciencia: los “visitantes”.
Esa gente que va a la cueva para ver el espectáculo. El público que, al fin y
al cabo, es el que alimenta el sensacionalismo de la prensa. Y la película nos
escupe a la cara las terribles consecuencias de este afán por el espectáculo,
de ese gusto por el morbo. Y la prensa puede que se sienta molesta por la
radiografía que le hace Wilder en su película; incluso puede que niegue que
actúan de esa manera (ya puestos a mentir…). Y el ciudadano corriente, quizá
opte por mirar hacia otro lado, pero no podrá evitar verse reflejado en esos
hombres y mujeres que acudieron a la cueva desde todas partes de Estados Unidos
atraídos por esa peligrosa fuerza de atracción que es el morbo.
La
prensa es culpable, pero ¿que responsabilidad debe asumir el lector(público)? ¿Dónde
queda la pasión por la verdad, el sentido crítico, la autoformación, el interés
por estar informado de los ciudadanos corrientes? Para que nos den calidad,
debemos entender la calidad y exigir calidad.
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