miércoles, 28 de agosto de 2013

El Gran Carnaval: cine, ética y periodismo.

Ace in the Hole es una bofetada para el espectador. Billy Wilder convierte la pantalla del cine, o el plasma de tu salón, en un gran espejo. Y quiere que te mires; que observes la imagen que te devuelve; que le digas qué ves y a quién ves. Y, finalmente, que le cuentes si te gusta lo que ves.

Y llega el The End y Billy te pregunta:
¿Qué has visto?
Y tú, que no puedes hablar porque tienes la voz para adentro, piensas:
¿Que qué he visto me preguntas, Billy? (…) ¡A mí!!, ¡Dios mío, a mí!

El Gran Carnaval es una cruel y sangrante puesta en escena que pone al descubierto los más miserables instintos del ser humano. Instintos que pueden ser los tuyos, los míos, los del que se sienta a tu lado.

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Es domingo por la tarde y te acabas de comprar una entrada de cine: ocupas tu butaca y esperas. La sala se vuelve a negro en segundos, y sin darte cuenta, pasas a formar parte de ese público que espera ansioso que empiece el espectáculo.

La película no tarda en contarte que el protagonista, Charles Tatum, es un tipo sin escrúpulos que practica un periodismo deshonesto. De alguna forma, su manera de ejercer la profesión provoca que aflore la parte más oscura de los que le rodean: su ambición, su egoísmo, su falta de ética, su falta de moral. La finalidad del periodismo sensacionalista es el lucro, y Charles es un virtuoso del amarillismo. Su gusto por el alcohol y por la mujer del prójimo, sumado a su falta de ética profesional,  ha provocado su despedido en los rotativos más importantes del país. Sin nada que perder y de forma casual, encuentra trabajo en un periódico de Alburquerque, Sun Bulletin, en Nuevo México. Pero pasan los meses y Charles se desespera: no encuentra esa historia que le devuelva a la cima.

Y, por fin, la historia llega; y Tatum no la deja escapar: la exprime hasta ahogarla. El periodista se entera de que un indio, Leo Minosa, está atrapado en el fondo de una mina. Dispuesto a sacarle partido al incidente -y de paso vengarse de los que le despidieron restregándoles por la cara la primicia de la noticia-, consigue que el sheriff y el contratista elijan el modo más lento para llevar a cabo el rescate. De necesitar unas horas, pasan a requerir seis días para sacar al indio del agujero. A partir de este momento, Tatum monta un espectáculo repugnante, supuestamente con una intención informativa, que le brinda la posibilidad de volver a ocupar las primeras páginas de los periódicos.

Alrededor del periodista revolotean unos personajes que intentan sacar provecho de la situación. Leo, ¡pobre infeliz!, delira y cada vez ve a la muerte más cerca; el periodista monta el circo; y mientras, ¿qué hace el resto? Lo vemos:

La esposa, Lorraine Minosa: mujer amargada que regenta el bar de carretera. Detesta el lugar en el que vive, a su marido y la situación en que la tiene. El circo que ha montado Charles alrededor del accidente de su marido, lejos de molestarle, se ha convertido en su oportunidad para abandonar esa vida que tanto odia: desde que los periódicos publican los artículos de Tatum, todos quieren conocer a ese indio que cree que los dioses le han castigado por querer robarles y que , por ese motivo, han provocado el derrumbe de la mina. Y su solitario bar de carretera, ahora factura cientos de dólares. Se deja manipular por el periodista para huir lejos de allí.

El sheriff local, Gus Kretzer: hombre corrupto que ansía ganar las elecciones. No es difícil para el periodista convencerle de que esa historia, cuanto más dure, más beneficiosa será para sus aspiraciones electorales.

El capataz: presionado para que mantenga más días atrapado a Leo Minosa, al final, es persuadido con cierta facilidad: el sheriff le promete adjudicaciones de obras en el futuro. El plan de Tatum marcha sobre ruedas.

Leo Minosa: el indio sepultado. Buscador ilegal de objetos arqueológicos. Enamorado de su esposa. Es el “producto” del periodista, por eso, Charles se gana su confianza y se hacen “amigos”. El pobre Leo termina creyendo que los dioses le han castigado, que su mujer le ama y que Tatum es su fiel amigo. Un infeliz. El tonto necesario para montar cualquier “circo”.

Los padres de Leo: el padre deambula triste por el “circo” que se ha montado en torno a su hijo; la madre reza todo el día. Son los únicos personajes del film que, realmente, sufren por lo la situación de Leo, su pobre hijo.

Jacob Boot: la única persona íntegra en este “gran carnaval”. Director del Sun Bulletin. Su lema, “Di la verdad”, y modo de entender el periodismo es ridiculizado por el periodista.

Los visitantes: la noticia “fabricada” por Tatum produce un efecto de “bola de nieve”. Los periódicos de todo el país colocan la noticia en sus primeras páginas; periodistas de grandes rotativos acuden al lugar y montan sus redacciones y emisiones de radio en directo. Este interés de la prensa tiene como efecto inmediato la llegada masivas de curiosos y el aumento de las atracciones de feria, venta de comidas, etc. Cercan el lugar y, a medida que aumenta la emoción y el morbo del espectáculo, se incrementa el precio de la entrada: de 0 a 50 centavos. El ciudadano corriente acude en masa al lugar (…).

Todos ganan, pero ¿alguien se acuerda del pobre Leo?
Pero ¿qué dices? No hay tiempo para esas tonterías. Continúa, continúa...

(…)El ansia del público por las noticias sensacionalistas crea un circulo vicioso: cuanto más se consumen, más negocio y beneficio para las empresas informativas, por lo que, más noticias amarillas se generan. El Gran Carnaval presenta a un público responsable de exigir a los medios de comunicación asuntos morbosos y sensacionalistas; es tan culpable y responsable como los medios de comunicación. El resultado de este círculo es que los lectores -visitantes- son, en gran medida, los verdaderos responsables de convertir la desgracia ajena, en este caso la de Leo,  en un entretenimiento morboso.

En definitiva, estamos en el cine y tenemos a un periodista protagonista sin escrúpulos; a una rubia fatal oportunista; a un sheriff corrupto; a un capataz sin escrúpulos, etc. Personajes que, fácilmente, identificas como “malas personas”: ellos son malos -piensas. Y te comes una palomita, mientras te reafirmas: rubia amargada y cruel… ¡Yo no soy así!. Y de repente te abofetean: ¡Zas! Y te llevas las manos a la cara. Y te duele. ¿Por dónde me ha venido la bofetada? -te preguntas mientras te recompones en el asiento. ¿Qué ha pasado? Y el dolor físico desaparece –si es que alguna vez estuvo ahí-, y te duele la conciencia. Y, aturdido, miras la pantalla y ya no quieres ver más. Y, repentinamente, te haces pequeñito y te escurres en tu asiento; y miras a la derecha y a la izquierda; y te chocas con los ojos de los otros que, también,  buscan complicidad. Buscan que tú les digas: no, nosotros no somos así, nosotros somos buenos ¿recuerdas?

¿Qué ha ocurrido? El Gran Carnaval tiene un personaje protagonista cuya crueldad hace que nos duela la conciencia: los “visitantes”. Esa gente que va a la cueva para ver el espectáculo. El público que, al fin y al cabo, es el que alimenta el sensacionalismo de la prensa. Y la película nos escupe a la cara las terribles consecuencias de este afán por el espectáculo, de ese gusto por el morbo. Y la prensa puede que se sienta molesta por la radiografía que le hace Wilder en su película; incluso puede que niegue que actúan de esa manera (ya puestos a mentir…). Y el ciudadano corriente, quizá opte por mirar hacia otro lado, pero no podrá evitar verse reflejado en esos hombres y mujeres que acudieron a la cueva desde todas partes de Estados Unidos atraídos por esa peligrosa fuerza de atracción que es el morbo.


La prensa es culpable, pero ¿que responsabilidad debe asumir el lector(público)? ¿Dónde queda la pasión por la verdad, el sentido crítico, la autoformación, el interés por estar informado de los ciudadanos corrientes? Para que nos den calidad, debemos entender la calidad y exigir calidad.

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