viernes, 2 de agosto de 2013

Un instante de luz

Ramiro se quedó un buen rato frente al mar.

De pie, sintiendo cómo el aire le abría la camisa y dejando al descubierto un torso muy trabajado. La oscuridad de la noche no era un impedimento para que viera lo que sus ojos no le dejaban ver. Su inesperada ceguera le había otorgado ese don.

Hoy no se había puesto las gafas oscuras, no las necesitaba. No necesitaba ocultar sus ojos vacíos y perdidos de las miradas curiosas que siempre le acechaban. Hoy estaba solo y eso le producía una sensación de poder que jamás experimentaba cuando estaba en compañía de los otros. De los que estaban al otro lado, de los que vivían en el lado de la luz.  Por fin en compañía de la soledad, por fin una noche sin palabras, sin sonrisas dibujadas, sin miradas indiscretas, sin esas gafas oscuras que le aislaban aún más del mundo exterior.

Inspiró muy fuerte para que su mente recordara ese olor a mar; se mojó los pies descalzos para sentir el frío del agua; acarició la arena y sintió cómo millones de granitos se escurrían entres sus dedos.  Pero no era suficiente. Debía sentir más, recordar más. Se quitó la camisa, el pantalón; se quedó desnudo. Y se metió en el mar. Las olas chocaban contra sus piernas, luego contra su cadera, contra su abdomen, contra su pecho, su cuello. Así continuaron, hasta que no encontraron con qué chocar. Ramiro permaneció un par de minutos sumergido en el agua experimentando la oscuridad al límite. Todo a negro. Oscuridad y soledad: sus dos mejores amigas en los últimos años.

Cuando sus pulmones le avisaron que el tabaco no era un buen aliado para ellos, emergió del agua con potencia, como si fuese un tiburón detrás de su presa. Dios qué frío. Dios qué placer.

Se acercó a la orilla nadando a toda velocidad para evitar que sus músculos se quedaran duros. El agua estaba helada a rabiar, pero Dios qué placer.

Ya estaba listo. Ya tenía todo lo que necesitaba. Su cerebro había visto todo. Debía correr. Debía llegar al estudio.  Debía pintar.

Dominado por una fuerza interior casi inhumana, Ramiro voló por la arena en dirección a su casa. No recogió su ropa. Podía entrar desnudo sin que ninguna mirada intrusa le espiara; nadie le esperaba. Ramiro vivía desde hacía cinco años con Juana, su asistenta. Ese sábado había conseguido que se tomara la  noche libre; volvería el domingo para la cena. Dios, más de 24 horas para él.

No tenía familia, o al menos, eso decía a cualquiera que le preguntara por ella. Odiaba hablar de sí mismo. El no hablaba, el pintaba. Quien quisiera conocerle tendría que ver sus cuadros. Tendría que enfrentarse a su yo más oscuro, ese que olvidamos en el fondo del armario y que tapamos con mantas, edredones, almohadas y cualquier cachivache que se nos ocurra con la escusa del orden. Pero no, lo que queremos es que no salga. Nos da miedo. 

Ramiro amaba su casa. Una casa en la playa que jamás vería, pero que sentía. Una casa que fue su refugio después de su accidente. Un accidente que le arrancó de su mundo, de su familia, de su trabajo, de sus amigos. Un accidente que le llevó a este lugar perdido en quién sabe qué playa de la costa del Atlántico. Un accidente que lo volvió a negro. Un accidente que durmió su vista y despertó a otro Ramiro que había permanecido sedado durante muchos años. Sedado por su puesto de director financiero en un holding internacional; sedado por una casa con jardín en un barrio residencial; sedado por una mujer hermosa y un perro peludo y torpón; sedado por esa veladas distraídas de los sábado por la noche.

Sedado por la vida, por su vida.

Entró en su casa. La puerta estaba abierta. Lo habitual. Subió las escaleras casi sin respiración. Jadeaba como un perro sediento. Entró en su estudio y se encerró con llave. Siempre lo hacía. Ramiro se dejó llevar por esa fuerza interior, casi inhumana que le transportaba a un mundo de sombras, de túneles, de pasadizos.

El pincel que sostenía su mano derecha se movía a una velocidad enfermiza. Sus movimientos eran automáticos, rápidos y bruscos: paleta de colores, lienzo; lienzo, paleta de colores. Trazos firmes que manchaban la superficie blanca.

Sus ojos vacíos que ahora ardían y escupían infinidad de sensaciones y de recuerdos se clavaron en  ese lienzo. Ramiro no existía.

Solo esa fuerza interna que le engullía el alma y le permitía ser un monstruo,  un pedazo de carne guiado por un instinto animal.

Unos ruidos de platos lo despertaron. Ramiro abrió los ojos. No sintió nada,  se había quedado vacío. Con mucha dificultad se levantó del suelo y se quedó de pie. Estaba desorientado. Intentó caminar hacia la puerta de su estudio y se tropezó con un taburete que golpeó un cubo de metal. El ruido alertó a Juana.

Ramiro, ¿está ahí?, Ramiro ¿está bien?

Juana, la buena de Juana. ¿Qué hora era? ¿Qué día era? Estaba aturdido y no lograba que su cerebro funcionara. Dejando un reguero de sillas, cubos, lienzos y pinceles por el suelo logró girar la llave de la puerta y salir de su estudio.

Dios mío Ramiro, ¿se encuentra bien?, está pálido -le dijo Juana con una histeria contenida.

Sí, Juana, estoy bien- le contestó y bajó las escaleras apoyándose en la barandilla para no caerse-, solo necesito beber, estoy sediento.

Juana rápidamente le acercó una bata para que se cubriera y le guió hasta la cocina. Ramiro seguía sin conectar sus neuronas, solo pensaba en su garganta seca, en su esófago pegado; necesitaba beber lo que fuera o terminaría convirtiéndose en una arruga humana. Bebió sin respirar cinco vasos de agua. Sentía cómo esa garganta se humedecía, cómo las paredes de su esófago se iban abriendo, cómo el aire volvía a circular por sus pulmones.

¿Qué día es hoy Juana?

Domingo, 23 de abril, Ramiro. 
Le dejé el sábado y le prometí volver hoy para prepararle la cena.

Domingo... -se quedó pensando-. 
¿Cena? No, no Juana, no tengo hambre, solo necesito dormir.

Ramiro, algo más recuperado y orientado, salió de la cocina  arrastrando su cuerpo y se dirigió a su habitación.

Sus gafas – le increpó Juana-, no olvide sus gafas oscuras, debe de proteger esos ojos.


¿Proteger de quién? -pensó Ramiro-. Sí, mis ojos, debo proteger mis ojos- le contestó, y cogiendo las gafas que Juana le acercaba a las manos dio media vuelta y se encerró en su habitación. Como siempre hacía. 

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