Ramiro se quedó un buen rato frente al
mar.
De pie, sintiendo cómo el aire le abría
la camisa y dejando al descubierto un torso muy trabajado. La oscuridad de la
noche no era un impedimento para que viera lo que sus ojos no le dejaban ver.
Su inesperada ceguera le había otorgado ese don.
Hoy no se había puesto las gafas oscuras,
no las necesitaba. No necesitaba ocultar sus ojos vacíos y perdidos de las
miradas curiosas que siempre le acechaban. Hoy estaba solo y eso le producía
una sensación de poder que jamás experimentaba cuando estaba en compañía de los
otros. De los que estaban al otro lado, de los que vivían en el lado de la
luz. Por fin en compañía de la soledad,
por fin una noche sin palabras, sin sonrisas dibujadas, sin miradas
indiscretas, sin esas gafas oscuras que le aislaban aún más del mundo exterior.
Inspiró muy fuerte para que su mente
recordara ese olor a mar; se mojó los pies descalzos para sentir el frío del
agua; acarició la arena y sintió cómo millones de granitos se escurrían entres
sus dedos. Pero no era suficiente. Debía
sentir más, recordar más. Se quitó la camisa, el pantalón; se quedó desnudo. Y
se metió en el mar. Las olas chocaban contra sus piernas, luego contra su cadera,
contra su abdomen, contra su pecho, su cuello. Así continuaron, hasta que no
encontraron con qué chocar. Ramiro permaneció un par de minutos sumergido en el
agua experimentando la oscuridad al límite. Todo a negro. Oscuridad y soledad:
sus dos mejores amigas en los últimos años.
Cuando sus pulmones le avisaron que el
tabaco no era un buen aliado para ellos, emergió del agua con potencia, como si
fuese un tiburón detrás de su presa. Dios qué frío. Dios qué placer.
Se acercó a la orilla nadando a toda
velocidad para evitar que sus músculos se quedaran duros. El agua estaba helada
a rabiar, pero Dios qué placer.
Ya estaba listo. Ya tenía todo lo que
necesitaba. Su cerebro había visto todo. Debía correr. Debía llegar al
estudio. Debía pintar.
Dominado por una fuerza interior casi
inhumana, Ramiro voló por la arena en dirección a su casa. No recogió su ropa. Podía entrar desnudo
sin que ninguna mirada intrusa le espiara; nadie le esperaba. Ramiro
vivía desde hacía cinco años con Juana, su asistenta. Ese sábado había
conseguido que se tomara la noche libre;
volvería el domingo para la cena. Dios, más de 24 horas para él.
No tenía familia, o al menos, eso decía a
cualquiera que le preguntara por ella. Odiaba hablar de sí mismo. El no
hablaba, el pintaba. Quien quisiera conocerle tendría que ver sus cuadros.
Tendría que enfrentarse a su yo más oscuro, ese que olvidamos en el fondo del
armario y que tapamos con mantas, edredones, almohadas y cualquier cachivache
que se nos ocurra con la escusa del orden. Pero no, lo que queremos es que no
salga. Nos da miedo.
Ramiro amaba su casa. Una casa en la
playa que jamás vería, pero que sentía. Una casa que fue su refugio después de
su accidente. Un accidente que le arrancó de su mundo, de su familia, de su
trabajo, de sus amigos. Un accidente que le llevó a este
lugar perdido en quién sabe qué playa de la costa del Atlántico. Un accidente
que lo volvió a negro. Un accidente que durmió su vista y despertó a otro
Ramiro que había permanecido sedado durante muchos años. Sedado por su puesto
de director financiero en un holding internacional; sedado por una casa con
jardín en un barrio residencial; sedado por una mujer hermosa y un perro peludo
y torpón; sedado por esa veladas distraídas de los sábado por la noche.
Sedado por la vida, por su vida.
Entró en su casa. La puerta estaba
abierta. Lo habitual. Subió las escaleras casi sin respiración. Jadeaba como un
perro sediento. Entró en su estudio y se encerró con llave. Siempre lo hacía.
Ramiro se dejó llevar por esa fuerza interior, casi inhumana que le
transportaba a un mundo de sombras, de túneles, de pasadizos.
El pincel que sostenía su mano derecha se
movía a una velocidad enfermiza. Sus movimientos eran automáticos, rápidos y
bruscos: paleta de colores, lienzo; lienzo, paleta de colores. Trazos firmes
que manchaban la superficie blanca.
Sus ojos vacíos que ahora ardían y
escupían infinidad de sensaciones y de recuerdos se clavaron en ese lienzo. Ramiro no existía.
Solo esa fuerza interna que le engullía
el alma y le permitía ser un monstruo,
un pedazo de carne guiado por un instinto animal.
Unos ruidos de platos lo despertaron.
Ramiro abrió los ojos. No sintió nada,
se había quedado vacío. Con mucha dificultad se levantó del suelo y se
quedó de pie. Estaba desorientado. Intentó caminar hacia la puerta de su
estudio y se tropezó con un taburete que golpeó un cubo de metal. El ruido
alertó a Juana.
Ramiro, ¿está ahí?, Ramiro ¿está bien?
Juana, la buena de Juana. ¿Qué hora era?
¿Qué día era? Estaba aturdido y no lograba que su cerebro funcionara. Dejando
un reguero de sillas, cubos, lienzos y pinceles por el suelo logró girar la
llave de la puerta y salir de su estudio.
Dios mío Ramiro, ¿se encuentra bien?,
está pálido -le dijo Juana con una
histeria contenida.
Sí, Juana, estoy bien- le contestó y bajó
las escaleras apoyándose en la barandilla para no caerse-, solo necesito beber,
estoy sediento.
Juana rápidamente le acercó una bata para
que se cubriera y le guió hasta la cocina. Ramiro seguía sin conectar sus
neuronas, solo pensaba en su garganta seca, en su esófago pegado; necesitaba
beber lo que fuera o terminaría convirtiéndose en una arruga humana. Bebió sin
respirar cinco vasos de agua. Sentía cómo esa garganta se humedecía, cómo las
paredes de su esófago se iban abriendo, cómo el aire volvía a circular por sus
pulmones.
¿Qué día es hoy Juana?
Domingo, 23 de abril, Ramiro.
Le dejé el
sábado y le prometí volver hoy para prepararle la cena.
Domingo... -se quedó pensando-.
¿Cena?
No, no Juana, no tengo hambre, solo necesito dormir.
Ramiro, algo más recuperado y orientado,
salió de la cocina arrastrando su cuerpo
y se dirigió a su habitación.
Sus gafas – le increpó Juana-, no olvide
sus gafas oscuras, debe de proteger esos ojos.
¿Proteger de quién? -pensó Ramiro-. Sí,
mis ojos, debo proteger mis ojos- le contestó, y cogiendo las gafas que Juana
le acercaba a las manos dio media vuelta y se encerró en su habitación. Como
siempre hacía.
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