¡Noooo! El salmón debe ser SALMA.
Y no me
cuente que Noruega está muy lejos, o que los japoneses han desabastecido las
tiendas con su impertinente manía de hacer sushi… ¡SALMAAA! ¿Lo ha entendido?
Victoria quería que todo saliera
perfecto, es más, necesitaba que su cocktail fuera un verdadero éxito. En su lista de invitados se podía leer las
caras más famosas del momento. La gente más cool y exclusiva de la noche
madrileña se mataba por ser invitada por Vicky.
¡Blanco lo quiero TODO blanco!- gritaba a
alguien que estaba al otro lado de su Iphone.
Señora –le interrumpió su asistente
personal-, las orquídeas negras ya han llegado,
¿dónde las dejamos?
¿dónde las dejamos?
Una amplia sonrisa se dibujó en su cara.
Los enormes ojos verdes se le iluminaron. Nadie va a hablar de otra cosa
en meses... nadie va a olvidar la fiesta de la Sra. Beltrán. Uhmm...sobre todo
una que yo me sé, se decía Vicky.
Colóquelas en la sala azul, una detrás de
la otra, alineadas.
No quiero ni pensar que una de mis “negritas” sufre un
accidente- le decía a su asistente mientras caminaba de un lado a otro de su
habitación.
El día había empezado muy temprano. Vicky
acostumbraba a levantarse pasadas las tres de la tarde, así evitaba el desayuno
y el almuerzo; solo de vez en cuando, se permitía cenar en algunos de los
innumerables compromisos que ocupaban sus noches y sus madrugadas. Hoy, su fiel asistente le abría el enorme ventanal
de su habitación a las 9 en punto de la mañana. Llevaba varias semanas entrenando para ese
momento: necesitaba preparar su cuerpo y su mente, de lo contrario, el shock de
ver el mundo a esas horas intempestivas podía arruinar su magnífico cutis.
Ya eran las 11 de la mañana y Vicky tenía
más energía que nunca. Sin bajarse de sus tacones de aguja y cubriendo su
frágil cuerpo con un batín de seda color esmeralda, ultimaba los detalles, daba órdenes,
aconsejaba a sus íntimas amigas sobre qué debían ponerse y cuáles eran los últimos
“trucos” para parecer una joven de veintitantos.
Querida, quince minutos con la cara
sumergida en hielo
y parecerá que eres mi hermana mayor;
y parecerá que eres mi hermana mayor;
y contando que casi me
duplicas la edad, ¡estamos hablando de un milagro!
Ahora tengo que colgar, tengo otra llamada, ¡chau!- le decía a Mirta,
una de sus setenta y cinco mejores amigas.
Por fin, la llamada que estaba esperando:
su tercera mejor amiga, Perla Vélez. Antes de descolgar su teléfono dorado -que reservaba para hablar con sus mejores diez primeras amigas- dio un sorbito
al Martini que le había preparado su asistente. No recordaba haberlo pedido,
pero su asistente llevaba con ella toda la vida y siempre sabía qué es lo
necesitaba, incluso, mejor que ella
misma. Delicioso. Tomó aire, se atusó su larga cabellera rojiza, cruzó sus
interminables piernas y esbozó una sonrisa.
¡Queriiiiida! ¿Cuánto tiempo ha pasado?
¿Una semana?, ¿dos?…
¡una eternidad!
¡una eternidad!
No puedo creer que no nos hablamos desde
el viaje a San Petersburgo…o fue a Montecarlo…
¡No sé dónde tengo la cabeza!
Pero, cuéntame ¿ya has conseguido disimular esa cicatriz que te dejó
la última operación de estética que te hiciste?
Pero, cuéntame ¿ya has conseguido disimular esa cicatriz que te dejó
la última operación de estética que te hiciste?
Ya te dije que no era buena idea ahorrar
en ese tipo de cosas (...).
Perla Vélez era su nueva mayor enemiga.
No podía perdonarle. Todavía temblaba al recordar lo que le hizo. Todavía no
había podido reducir la dosis diaria de prozac. No invitar a Victoria Beltrán
era un agravio que jamás perdonaría. Perla había “olvidado” enviar la
invitación a Vicky para su última fiesta. Y todo lo que organizaba Perla era
comentado durante meses. Y su no presencia fue la comidilla de todas las
reuniones posteriores. Y Vicky se sentía humillada. Su terapeuta, Alberto -un joven de facciones
marcadas y de eterno bronceado-, estaba haciendo verdaderos esfuerzos para que no
se dejará llevar por sus más profundos y oscuros instintos: adentrarse en el
mar en su yate y tirarse al agua cuando viera pasar un tiburón. Desconocía si
existían tiburones o no en el Mediterráneo, pero la idea de ser engullida por
uno de esos bichos se le antojaba de lo más “innovador”.
...De salmonete, sí…fresco si es posible (...)
Querida Perla, ya te dije que te había
reservado
el mejor pescadito para que lo lucieras en mi fiesta (...).
el mejor pescadito para que lo lucieras en mi fiesta (...).
Vicky ponía en marcha su plan: Perla, la
gran Perla, humillada delante de lo mejorcito de la noche de Madrid. No podía
dejar de sonreír al imaginar su entrada.
En unas horas su finca parecería un
templo griego: el mármol blanco que había hecho traer de Carrara lucía
espectacular con sus orquídeas negras. Políticos, artistas, escritores,
empresarios, deportistas de élite danzarían por el templo vistiendo sus últimos
modelos Armani, Dior o Versace blancos como perlas. Todos serían testigos de la
entrada triunfal de un “salmonete”. Sería el fin de Perla Vélez, y la prensa
nacional e internacional recogería ese momento.
Nadie volvería a invitar a una señora que "chocheaba" de esa manera.
Y llegó la hora.
A las 9 de la noche Vicky recibía a sus
primeros invitados:
¡Aniiiita!! ¡Estás diviiiiiiiina!
¡Floren, qué suerte que viniste!
Era imposible estar más bella. Vicky
había recogido su melena en cascada. Un Pertegaz se deslizaba por su cuerpo
dejando al descubierto su espalda; un diamante, tan grande como una pelota de
golf, vestía su delgado dedo anular de la mano derecha -quería matar de la
envidia a todas las mujeres de la fiesta y mostrar su “pedrusco” al saludar, al
beber, al reír…era la mejor estrategia-. Bailaba, bebía, reía, charlaba,
cantaba… ¡era feliz! La mejor fiesta de la década la había organizado Victoria
Beltrán. Eso es lo que dirían las revistas del corazón de mañana; las secciones
de sociedad de todos los tabloides; TODOS recogerían su evento. Y mientras
compartía más que palabras con un atractivo y jovencísimo futbolista, su asistente le hizo la señal que
estaba esperando: el “salmonete” estaba a punto de entrar.
Dejó al joven futbolista con la miel en
los labios y corrió hacia el jardín. Miles de invitados formaban corrillos
alrededor de las piscinas. Vicky se quedó de pie a pocos metros de la entrada
de la finca por la que iba a aparecer Perla Vélez disfrazada de animal
acuático. Con un gritito agudo, pero elegante,
consiguió que todos centraran la atención en ella:
¡Queriiiidos! ¡Queridíiiiiiisimassss! Soy
muy feliz...
No pudo terminar la frase. Ante sus ojos,
cientos de ojos se abrían como platos y los labios de las señoras dibujaban generosas "oes". La escena se congelaba y el silencio se hacía protagonista de la misma.
"Algo" había aparecido a sus espaldas Llegó el salmonete, pensó Vicky. Su corazón latía muy rápido: se sentía pletórica; la
venganza era el único plato dulce que se permitía comer en su estricta dieta.
Giró la cabeza y la vio: el “salmonete” resultó
ser la mujer más bella que jamás habían visto sus ojos. Perla cruzaba el
portón: su andar era sensual y parecía flotar. Un "disfraz" rojo
anaranjado de lentejuelas y escamas de cristal perfilaba su delgadísima silueta.
El escote de la espalda alcanzaba el límite donde esta pierda su horizonte. Un
cola de más de tres metros abierta como pavo real, simulaba las olas del mar.
Perla era la diosa de los mares. Perla era el "salmonete" más bello del mundo.
Perla había clavado su mirada en Vicky: sus ojos la devoraban.
Una lágrima
arañó la cara de Vicky: humillada, otra vez humillada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario