sábado, 3 de agosto de 2013

El salmonete inesperado


¡Noooo! El salmón debe ser SALMA. 
Y no me cuente que Noruega está muy lejos, o que los japoneses han desabastecido las tiendas con su impertinente manía de hacer sushi… ¡SALMAAA! ¿Lo ha entendido?

Victoria quería que todo saliera perfecto, es más, necesitaba que su cocktail fuera un verdadero éxito.  En su lista de invitados se podía leer las caras más famosas del momento. La gente más cool y exclusiva de la noche madrileña se mataba por ser invitada por Vicky.

¡Blanco lo quiero TODO blanco!- gritaba a alguien que estaba al otro lado de su Iphone.
Señora –le interrumpió su asistente personal-, las orquídeas negras ya han llegado,
¿dónde las dejamos?

Una amplia sonrisa se dibujó en su cara. Los enormes ojos verdes se le iluminaron. Nadie va a hablar de otra cosa en meses... nadie va a olvidar la fiesta de la Sra. Beltrán. Uhmm...sobre todo una que yo me sé, se decía Vicky.

Colóquelas en la sala azul, una detrás de la otra, alineadas. 
No quiero ni pensar que una de mis “negritas” sufre un accidente- le decía a su asistente mientras caminaba de un lado a otro de su habitación.

El día había empezado muy temprano. Vicky acostumbraba a levantarse pasadas las tres de la tarde, así evitaba el desayuno y el almuerzo; solo de vez en cuando, se permitía cenar en algunos de los innumerables compromisos que ocupaban sus noches y sus madrugadas. Hoy, su fiel asistente le abría el enorme ventanal de su habitación a las 9 en punto de la mañana. Llevaba varias semanas entrenando para ese momento: necesitaba preparar su cuerpo y su mente, de lo contrario, el shock de ver el mundo a esas horas intempestivas podía arruinar su magnífico cutis.

Ya eran las 11 de la mañana y Vicky tenía más energía que nunca. Sin bajarse de sus tacones de aguja y cubriendo su frágil cuerpo con un batín de seda color esmeralda,  ultimaba los detalles, daba órdenes, aconsejaba a sus íntimas amigas sobre qué debían ponerse y cuáles eran los últimos “trucos” para parecer una joven de veintitantos.

Querida, quince minutos con la cara sumergida en hielo
 y parecerá que eres mi hermana mayor;
y contando que casi me duplicas la edad, ¡estamos hablando de un milagro! 
Ahora tengo que colgar,  tengo otra llamada, ¡chau!- le decía a Mirta, 
una de sus setenta y cinco mejores amigas.

Por fin, la llamada que estaba esperando: su tercera mejor amiga, Perla Vélez. Antes de descolgar su teléfono dorado -que reservaba para hablar con sus mejores diez primeras amigas- dio un sorbito al Martini que le había preparado su asistente. No recordaba haberlo pedido, pero su asistente llevaba con ella toda la vida y siempre sabía qué es lo necesitaba, incluso, mejor que ella misma. Delicioso. Tomó aire, se atusó su larga cabellera rojiza, cruzó sus interminables piernas y esbozó una sonrisa.

¡Queriiiiida! ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Una semana?, ¿dos?… 
¡una eternidad!
No puedo creer que no nos hablamos desde el viaje a San Petersburgo…o fue a Montecarlo… 
¡No sé dónde tengo la cabeza! 
Pero, cuéntame ¿ya has conseguido disimular esa cicatriz que te dejó 
la última operación de estética que te hiciste? 
Ya te dije que no era buena idea ahorrar en ese tipo de cosas (...).

Perla Vélez era su nueva mayor enemiga. No podía perdonarle. Todavía temblaba al recordar lo que le hizo. Todavía no había podido reducir la dosis diaria de prozac. No invitar a Victoria Beltrán era un agravio que jamás perdonaría. Perla había “olvidado” enviar la invitación a Vicky para su última fiesta. Y todo lo que organizaba Perla era comentado durante meses. Y su no presencia fue la comidilla de todas las reuniones posteriores. Y Vicky se sentía humillada. Su terapeuta, Alberto -un joven de facciones marcadas y de eterno bronceado-, estaba haciendo verdaderos esfuerzos para que no se dejará llevar por sus más profundos y oscuros instintos: adentrarse en el mar en su yate y tirarse al agua cuando viera pasar un tiburón. Desconocía si existían tiburones o no en el Mediterráneo, pero la idea de ser engullida por uno de esos bichos se le antojaba de lo más “innovador”.

...De salmonete, sí…fresco si es posible (...)
Querida Perla, ya te dije que te había reservado 
el mejor pescadito para que lo lucieras en mi fiesta (...).

Vicky ponía en marcha su plan: Perla, la gran Perla, humillada delante de lo mejorcito de la noche de Madrid. No podía dejar de sonreír al imaginar su entrada.

En unas horas su finca parecería un templo griego: el mármol blanco que había hecho traer de Carrara lucía espectacular con sus orquídeas negras. Políticos, artistas, escritores, empresarios, deportistas de élite danzarían por el templo vistiendo sus últimos modelos Armani, Dior o Versace blancos como perlas. Todos serían testigos de la entrada triunfal de un “salmonete”. Sería el fin de Perla Vélez, y la prensa nacional e internacional recogería ese momento.  Nadie volvería a invitar a una señora que "chocheaba" de esa manera.

Y llegó la hora.

A las 9 de la noche Vicky recibía a sus primeros invitados:

¡Aniiiita!! ¡Estás diviiiiiiiina!
¡Floren, qué suerte que viniste!

Era imposible estar más bella. Vicky había recogido su melena en cascada. Un Pertegaz se deslizaba por su cuerpo dejando al descubierto su espalda; un diamante, tan grande como una pelota de golf, vestía su delgado dedo anular de la mano derecha -quería matar de la envidia a todas las mujeres de la fiesta y mostrar su “pedrusco” al saludar, al beber, al reír…era la mejor estrategia-. Bailaba, bebía, reía, charlaba, cantaba… ¡era feliz! La mejor fiesta de la década la había organizado Victoria Beltrán. Eso es lo que dirían las revistas del corazón de mañana; las secciones de sociedad de todos los tabloides; TODOS recogerían su evento. Y mientras compartía más que palabras con un atractivo y jovencísimo futbolista, su asistente le hizo la señal que estaba esperando: el “salmonete” estaba a punto de entrar.

Dejó al joven futbolista con la miel en los labios y corrió hacia el jardín. Miles de invitados formaban corrillos alrededor de las piscinas. Vicky se quedó de pie a pocos metros de la entrada de la finca por la que iba a aparecer Perla Vélez disfrazada de animal acuático. Con un gritito agudo, pero elegante,  consiguió que todos centraran la atención en ella:

¡Queriiiidos! ¡Queridíiiiiiisimassss! Soy muy feliz...


No pudo terminar la frase. Ante sus ojos, cientos de ojos se abrían como platos y los labios de las señoras dibujaban generosas "oes". La escena se congelaba y el silencio se hacía protagonista de la misma. 


 "Algo" había aparecido a sus espaldas  Llegó el salmonete, pensó Vicky. Su corazón latía muy rápido: se sentía pletórica; la venganza era el único plato dulce que se permitía comer en su estricta dieta. 

Giró la cabeza y la vio: el “salmonete” resultó ser la mujer más bella que jamás habían visto sus ojos. Perla cruzaba el portón: su andar era sensual y parecía flotar. Un "disfraz" rojo anaranjado de lentejuelas y escamas de cristal perfilaba su delgadísima silueta. El escote de la espalda alcanzaba el límite donde esta pierda su horizonte. Un cola de más de tres metros abierta como pavo real, simulaba las olas del mar. Perla era la diosa de los mares. Perla era el "salmonete" más bello del mundo. Perla había clavado su mirada en Vicky: sus ojos la devoraban.

Una lágrima arañó la cara de Vicky: humillada, otra vez humillada.

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