viernes, 2 de agosto de 2013

Diez minutos

Lo que tú digas Laura, lo que tú digas -Raúl se levantó de la cama y se fue al baño.
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Laura se quedó tumbada boca arriba. Miraba las margaritas que colgaban del techo. Amaba esa lámpara. Miles de margaritas de papel que, seguramente, tenían una opinión sobre lo que acababan de presenciar, y que a ella le hubiera encantado escuchar.

Raúl abrió el grifo de la ducha y luego cerró con pestillo la puerta del baño. Laura dijo en voz alta: harto, está harto. Se incorporó en la cama y miró a su alrededor. Enfrente, un cuadro cubría toda la pared; era la imagen de un túnel oscuro y la silueta de una niña que buscaba una salida, que si bien podía existir, al pintor se le había olvidado dibujar. A la izquierda, un armario de puertas corredizas de espejo  y que, como siempre, estaba abierto; a la derecha, una cómoda Bauhaus de ocho cajones que hacía juego con las mesitas de noche. Todo muy Raúl. 

Laura buscaba con la mirada una foto que había enmarcado hacía unas semanas; ella y él en París. Un joven francés que paseaba por los Campos Elíseos accedió a hacérsela. La única en la que aparecían los dos juntos. Raúl detestaba esa “manía suya” -palabras de él-, de empeñarse en  tener una prueba que demostrase que los viajes los hacían juntos. Lo que para uno era una prueba, para la otra era un tesoro, un recuerdo de un momento bonito, un recuerdo de un momento fugaz de amor. En la foto, Raúl la besaba y rodeaba con sus brazos, intentando protegerla del frío.

Cuando Laura vio esa imagen en su cámara digital lo tuvo claro:  ahí estaba, eso era amor. Una semana después, la foto enmarcada estaba encima de la cómoda de ocho cajones. Se prometió fijarse en ella cada vez que las palabras de Raúl no fueran suficientes para creer en ese amor que él juraba sentir por ella.

Esa mañana era uno de esos momentos de necesidad. Y la foto no estaba. Todavía escuchaba el ruido de la ducha, aunque, probablemente, en poco más de cinco minutos Raúl saldría del cuarto de baño. Laura no quería volver a preguntarle, volver a dudar de él. Y para eso necesitaba encontrar esa maldita foto. Se levantó de la cama. No se calzó, no se puso bata. Se tumbó en el suelo boca abajo para tener una panorámica clara del piso de su habitación. Nada, un par de pelusas, pero ni rastro de la foto. Ni debajo de la cómoda, ni de la cama, ni de las mesitas de noche. Se le estaban congelando los pies y los huesos de la cadera le dolían al aplastarse contra el suelo.

De nuevo en la cama, esta vez sentada en el borde. Ya no se escuchaba el ruido del agua golpeando la bañera. Ahora Raúl tarareaba una canción, algo de Sting. Diez minutos antes, le estaba prometiendo jugar a las canicas con sus ojos; quitarse la vida; hasta despellejarse vivo si fuera necesario, con tal demostrarle que su amor hacia ella era infinito. Ahora cantaba. Diez minutos, solo habían transcurrido diez minutos.

Laura se deslizó por debajo de las sábanas y se tapó con la manta hasta la nariz. Se acurrucó. Sus rodillas casi tocaban su pecho; sus pies helaron toda la cama. Tiritaba. La puerta del baño se abrió: Laura, ¿dónde estás? Laura, ¿te pasa algo?

Laura cerró los ojos.


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