Lo que tú digas Laura, lo que tú digas -Raúl se levantó
de la cama y se fue al baño.
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Raúl abrió el
grifo de la ducha y luego cerró con pestillo la puerta del baño. Laura dijo en voz alta: harto, está
harto. Se incorporó en la cama y miró a
su alrededor. Enfrente, un cuadro cubría
toda la pared; era la imagen de un túnel oscuro y la silueta de una niña que
buscaba una salida, que si bien podía existir, al pintor se le había olvidado
dibujar. A la izquierda, un armario de
puertas corredizas de espejo y que, como
siempre, estaba abierto; a la derecha, una cómoda Bauhaus de ocho cajones que hacía juego con las mesitas de
noche. Todo muy Raúl.
Laura buscaba
con la mirada una foto que había enmarcado hacía unas semanas; ella y él en
París. Un joven francés que paseaba por
los Campos Elíseos accedió a hacérsela.
La única en la que aparecían los dos juntos. Raúl detestaba esa “manía suya” -palabras de él-, de empeñarse en tener una prueba que demostrase que los
viajes los hacían juntos. Lo que para
uno era una prueba, para la otra era un tesoro, un recuerdo de un momento
bonito, un recuerdo de un momento fugaz de amor. En la foto, Raúl la besaba y rodeaba con sus brazos,
intentando protegerla del frío.
Cuando Laura vio
esa imagen en su cámara digital lo tuvo claro:
ahí estaba, eso era amor. Una semana después, la foto enmarcada estaba encima de la cómoda de ocho cajones.
Se prometió fijarse en ella cada vez que las palabras de Raúl no fueran
suficientes para creer en ese amor que él juraba sentir por ella.
Esa mañana era
uno de esos momentos de necesidad. Y la foto no estaba. Todavía escuchaba el ruido de la ducha,
aunque, probablemente, en poco más de cinco minutos Raúl saldría del cuarto de
baño. Laura no quería volver a
preguntarle, volver a dudar de él. Y para eso necesitaba encontrar esa maldita
foto. Se levantó de la cama. No se calzó, no se puso bata. Se tumbó en el suelo
boca abajo para tener una panorámica clara del piso de su habitación. Nada, un
par de pelusas, pero ni rastro de la foto. Ni debajo de la cómoda, ni de la
cama, ni de las mesitas de noche. Se le estaban congelando los pies y los
huesos de la cadera le dolían al aplastarse contra el suelo.
De nuevo en la
cama, esta vez sentada en el borde. Ya no se escuchaba el ruido del agua
golpeando la bañera. Ahora Raúl tarareaba una canción, algo de Sting. Diez
minutos antes, le estaba prometiendo jugar a las canicas con sus ojos; quitarse
la vida; hasta despellejarse vivo si fuera necesario, con tal demostrarle que
su amor hacia ella era infinito. Ahora cantaba. Diez minutos, solo habían
transcurrido diez minutos.
Laura se deslizó
por debajo de las sábanas y se tapó con la manta hasta la nariz. Se acurrucó.
Sus rodillas casi tocaban su pecho; sus
pies helaron toda la cama. Tiritaba. La puerta del baño se abrió: Laura, ¿dónde
estás? Laura, ¿te pasa algo?
Laura cerró los
ojos.
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