martes, 24 de septiembre de 2013

Fraude y Periodismo, ¿una pareja de hecho?

“Érase una vez,  una joven periodista de color que con apenas 26 años escribió un artículo
para el longevo y prestigioso diario estadounidense The Washington Post.
Y el 28 de septiembre de 1980 su artículo,  “Jimmy's World”,
apareció en la primera página del rotativo.
Y el 13 de abril de 1981, Janet Cooke –que así se llamaba la joven–, 
recibió el `Premio Pulitzer´ por su historia.
Y fue aclamada en el reino
Y su periódico le recompensó con un ascenso(…)”.
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¡Brillante!, ni Mike Nichols con sus Armas de mujer pudo mejorar este guión. ¿Guión?,  ¿película?...  ¿no era periodismo de lo que hablábamos? -os preguntaréis- . Pues sí,  o al menos eso es lo que creyeron los ciudadanos que leyeron el artículo de Mrs. Cooke y que pensaron que conocían al pequeño Jimmy o que sabían de casos similares. O los que, incluso, tras su lectura, exigieron al Post que la periodista revelara más datos sobre el niño para poder ayudarlo.

La conmoción en la ciudad de Washington, en particular, y en Estados Unidos, en general, fue doble: con la lectura del artículo  en un primer momento, y con la constatación del fraude cometido por la periodista, meses después.

“Y el 17 de abril de 1981 The Washington Post admitió que la historia del pequeño Jimmy
era un montaje, una ficción”.
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Creo que difícilmente se podría haber hilado más fino para referirse al premiado artículo de Cooke: una FICCIÓN. Como dice García Márquez “no habría sido justo que le dieran el "Premio Pulitzer" de periodismo, pero en cambio sería una injusticia mayor que no le dieran el de literatura”.

“Y la joven periodista fue obligada a devolver el galardón y a presentar su dimisión.
Y la prensa estadounidense quedó herida de muerte.
Y el ejercicio del periodismo fue causa de debate en el reino: conceptos como “secreto profesional”, “fuentes anónimas”, “veracidad”, “rigor”, “objetividad”, “ética periodística”, “profesionalidad”, etc., volaban en todos los corrillos que atiborraban los pasillos de palacio.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado”.

-The End-


Implicaciones éticas y profesionales del trabajo de Janet Cooke

Me niego   a hablar de profesionalidad al referirme a Janet Cooke. Le queda grande. Un periodista es profesional cuando lo que cuenta se ajusta a la realidad; cuando su principal y único fin es apegarse lo máximo posible a esa realidad para poder transmitirla a la ciudadanía. Cuando asume la responsabilidad -por su repercusión social y su poder de generar opinión-,  que le otorga el ser el “contador de las historias” que suceden en el mundo. Cooke estuvo “pegada” a una mentira desde el principio. Nunca rozó, tan siquiera, la profesionalidad.

De un periodista me atrevería a cuestionar, tan solo, su “profesionalidad” si no estuviese del todo claro:
  1. Que se ha hecho un buen manejo de fuentes empleadas: calidad y cantidad.
  2. Que se han protegido las fuentes: secreto profesional .
  3. Que ha habido rigor periodístico: en la recopilación de datos, en la confirmación, contrastación, en la redacción de los textos (selección de las palabras).
  4. Que no ha existido presiones de los poderosos: ¿Qué publicar y qué no?
  5. Que se ha obtenido el respaldo de editores y directivos.
  6. Que se ha respetado a todas las personas: no convertir el periodismo en una caza de brujas o en una fábrica de historias de lágrima fácil.
  7. Que no se ha caído en una trampa, en un posible engaño.
  8. Que se ha dudado: las pruebas, los testimonios pueden ser falsos. Dudar disminuye el riesgo de ser “timado” y mantiene alerta a los periodistas. 
  9. Que ha existido, siempre,  un comportamiento ético. La ética periodística implica:
  • No pagar por información.
  • Identificarse como periodistas.
  • No hacerse pasar por otra persona.
  • No descubrir a las fuentes.
  • Precisión y confirmación de los datos.
  • Prudencia y serenidad en todo momento.
  • Ser claros a la hora de obtener información.
  • No violar la ley.
Pero, en el caso de Cooke, ¿qué vamos a cuestionar de la profesionalidad de una periodista que desde el minuto cero de su investigación miente? Y ahora que lo pienso, ¿qué "investigación"? Ninguna; Janet Cooke INVENTÓ su historia. Lo comprobamos juntos:
  1. No habían fuentes que manejar, ni que proteger. Aunque su mentira fue tan pensada, meditada y cuidada que Janet se cubrió las espaldas alegando “secreto profesional” para no revelar sus (inexistentes)fuentes; incluso inventó estar amenazada por narcos para blindar más su mentira. En boca de sus jefes del periódico, la periodista “abusó de su confianza” (eso dijeron ellos, pero yo me inclino a pensar que ellos quisieron creer esa historia a toda costa).
  2. No hubo rigor porque no había historia veraz que contar.
  3. No existió la presión, y fue respaldada por editores y directivos del periódico porque creó una realidad mediática perfecta para ser publicada.
  4. No hubo personas a las que respetar porque inventó a sus personajes. Su falta de respeto fue, en general, a todas las personas que creyeron en su historia.
  5. No cayó en la trampa, ni en el engaño porque decidió ser ella la que protagonizase el papel de mentirosa.
  6. Y, por supuesto que no dudó (¡¿para qué?!).
  7. Y por último, su ética periodística. Tampoco es cuestionable: no existió. 
Y en este último punto es donde me gustaría hacer hincapié. De la millones de definiciones de ética periodística que uno puedo encontrar, recojo la que escribe el profesor G. Galdón López en el  manual Deontología Periodística: “conjunto de convicciones, criterios operativos y acciones que fundamentan y configuran la realización de la tarea informativa de acuerdo con la dignidad del propio periodista y con el respeto y cumplimiento de la naturaleza y finalidad del periodismo al servicio de los ciudadanos”(Cap 3, 27).

Janet hizo saltar todas las alarmas, violó todos los códigos. Quizá engañó a su conciencia con la firme convicción de que la presión a la que estaba sometida por sus jefes en el diario justificaría su mentira. Quizá nunca pensó que su “historieta” llegaría tan lejos. Quizá no se le pasó por la cabeza que los miembros del jurado del Premio Pulitzer pensarían en su artículo para otorgarle el galardón. Quizá no valoró el impacto que provocaría en la sociedad un relato tan desgarrador como el que describía en su artículo.

Si las convicciones, criterios y acciones que fundamentaron y configuraron la realización de la tarea informativa de Cooke (informar sobre el mundo de Jimmy) estaban en consonancia con su propia dignidad y con el respeto y cumplimiento y finalidad del periodismo al servicio de los ciudadanos… Si eso fue así, ¿qué moral, ética o dignidad manejaba esta periodista? Contaba con algunos informadores que le hablaban de la existencia de estos niños drogadictos pero Janet no dio con ninguno. Y la redacción del Post presionaba para que escribiera sobre esos niños. Y escribió una mentira. Y no se conformó con un relato aséptico, correcto. No; imprimió un dramatismo en las expresiones que empleó, digno del mejor literato: 
“Él (amante de la madre del niño) agarra el brazo izquierdo de Jimmy justo debajo del codo, con su manaza cubriendo el fino miembro del niño”, “la aguja se deslizaba por la suave piel infantil como una paja insertada en un pastel recién hecho. El líquido salía de la jeringa, siendo reemplazado por brillante sangre roja, reinyectada después al niño”. 
El nivel de detalle de su relato, la elección de los adjetivos y su colocación; el ritmo, el tono… todo concienzudamente escogido para remover conciencias, llegar al alma de los lectores y dar credibilidad a su historia. ¿Quién podría poner en duda un relato tan dramático y tan lleno de detalles? ¿Quién sería capaz de no conmoverse con la historia del pequeño Jimmy? Una madre que permite que su amante introduzca a su hijo en el mundo de las drogas y que deja que se inyecte (…). La frialdad de la periodista a la hora de redactar su artículo choca con el dramatismo que desprende la historia que relata.

Y si a alguien se le ocurría “dudar” y preguntar por sus fuentes, ahí estaba el siempre socorrido “secreto profesional” que es un derecho del periodista -a la vez que un deber- que garantiza la confidencialidad de las fuentes de información. Janet se quedó con el “derecho” y se olvidó del “deber”.


Despido de Janet Cooke

Si solo tenemos en cuenta la actuación de Janet Cooke, podemos concluir que despedirla fue una decisión que se adecuó a la gravedad de sus actos. Y que se hizo “justicia”. Es decir, existió conveniencia en el despido de la periodista. Y yo me pregunto, ¿solo Janet fue responsable de este fraude?, ¿solo la joven periodista cruzó la delgada línea que le colocó en el plano de lo no ético ni profesional?, ¿en qué lugar queda la actuación del periódico?, ¿y de los miembros del jurado del "Pulitzer"? Embriagados por la fuerza del artículo no aplicaron la serenidad, ni la prudencia a la hora de valorar el artículo de Cooke. Borrachos de emoción, de ambición y de entusiasmo se olvidaron de su ética periodística.

Mi opinión personal es que todos fueron actores que lograron crear el clima perfecto para que una joven y ambiciosa periodista mordiera la manzana; pese a su formación como periodista, pese a su currículum –que más tarde se confirmó que contenía datos falsos, por lo que podemos pensar que su ética ya estaba afectada por su descomunal ambición-, pese a que sabía distinguir lo bueno de lo malo, pese a todo, escribió un artículo falso. Pese a que le avisaron que si hincaba el diente en la manzana se le expulsaría del "Paraíso", Cooke se comió la fruta prohibida hasta no dejar ni el hueso.

Por todo esto y llegados a este punto, me gustaría que mirásemos juntos la historia con otros ojos. Que dirigiéramos nuestra mirada hacia otro lugar, hacia el otro “actor” de la escena: hacia la dirección del periódico. De esta manera, quizá, descubramos que la actuación del Washington Post, en el caso de Janet Cooke,  tuvo más sombras que luces. Veamos  algunos de los puntos más importantes:

La contratación de Janet podría responder más a una estrategia de imagen, que a un propósito de contar con una plantilla de calidad. El Post necesitaba ganar puntos en la batalla que mantenía con la competencia –Times o Newsday- respecto al porcentaje de contratación de personal femenino y de minorías raciales en su redacción. Janet Cooke era perfecta: negra, mujer y con un buen currículum. O al menos, eso parecía.

El periódico defendió a su reportera,  pese a que los rumores sobre la posibilidad de que Cooke se hubiera inventado el personaje de Jimmy crecían,  a raíz de que se iniciara una investigación para buscar al niño. La policía cada vez encontraba más incongruencias en el relato de la periodista; nada tenía sentido. Mientras,  aumentaba la indignación popular, que exigía a la periodista que facilitara las fuentes para poder encontrar al pequeño.

Aún con este panorama, el Washington Post se mantenía a fierro al lado de Janet. A su lado,  hasta que la reportera recibió el Premio Pulitzer por su artículo, “Jimmy´s World”. Fue entonces cuando todo estalló: los editores del Post se enteraron de que Cooke había mentido en su currículum vitae.  Y fue en ese preciso momento cuando exigieron a la periodista que aportara pruebas sobre la existencia de Jimmy.

Increíble. Casi un año después de haber publicado el artículo se les ocurrió “ser profesionales” y trabajar con “ética profesional”: verificar que la historia era real, que había sucedido tal cual rezaba en el artículo, que no contenía datos falsos, etc. Y, probablemente, movidos más por el miedo al escándalo –inevitable por otro lado-,  que por un “ataque de profesionalidad”, no pararon hasta conseguir que Janet confesara. Y Cooke admitió que su historia era inventada e inmediatamente dejó de pertenecer a la plantilla del diario que le había protegido –incluso ascendido-, hasta ese momento.

Por supuesto que considero que el periódico actuó bien al despedir a la reportera; la ética periodística, la moral y la conciencia obligaban a ello. Pero los directivos del periódico y la redacción solo estaban intentando apagar un fuego que no supieron prevenir.  No les quedaba otra.

La ambición, la competencia, el galardón, la notoriedad, el prestigio -cualquier cosa menos estar al servicio de los ciudadanos- habían formado el motor de la redacción y la dirección del Washington Post; dirección que eligió publicar la historia de Jimmy –sin exigir un mínimo de pruebas que avalaran la historia-, y que eligió creer a ciegas a su reportera desoyendo a la policía y a todo aquel que le hiciera dudar de la historia.

La nota que púbico el periódico disculpándose frente a sus lectores no mermó la humillación sufrida por el Post ante el Comité del "Premio Pulitzer" –su periodista tuvo que devolver el galardón-, ni la herida que causó este escándalo en la confianza y la credibilidad del rotativo.


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