miércoles, 28 de agosto de 2013

El Gran Carnaval: cine, ética y periodismo.

Ace in the Hole es una bofetada para el espectador. Billy Wilder convierte la pantalla del cine, o el plasma de tu salón, en un gran espejo. Y quiere que te mires; que observes la imagen que te devuelve; que le digas qué ves y a quién ves. Y, finalmente, que le cuentes si te gusta lo que ves.

Y llega el The End y Billy te pregunta:
¿Qué has visto?
Y tú, que no puedes hablar porque tienes la voz para adentro, piensas:
¿Que qué he visto me preguntas, Billy? (…) ¡A mí!!, ¡Dios mío, a mí!

El Gran Carnaval es una cruel y sangrante puesta en escena que pone al descubierto los más miserables instintos del ser humano. Instintos que pueden ser los tuyos, los míos, los del que se sienta a tu lado.

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Es domingo por la tarde y te acabas de comprar una entrada de cine: ocupas tu butaca y esperas. La sala se vuelve a negro en segundos, y sin darte cuenta, pasas a formar parte de ese público que espera ansioso que empiece el espectáculo.

La película no tarda en contarte que el protagonista, Charles Tatum, es un tipo sin escrúpulos que practica un periodismo deshonesto. De alguna forma, su manera de ejercer la profesión provoca que aflore la parte más oscura de los que le rodean: su ambición, su egoísmo, su falta de ética, su falta de moral. La finalidad del periodismo sensacionalista es el lucro, y Charles es un virtuoso del amarillismo. Su gusto por el alcohol y por la mujer del prójimo, sumado a su falta de ética profesional,  ha provocado su despedido en los rotativos más importantes del país. Sin nada que perder y de forma casual, encuentra trabajo en un periódico de Alburquerque, Sun Bulletin, en Nuevo México. Pero pasan los meses y Charles se desespera: no encuentra esa historia que le devuelva a la cima.

Y, por fin, la historia llega; y Tatum no la deja escapar: la exprime hasta ahogarla. El periodista se entera de que un indio, Leo Minosa, está atrapado en el fondo de una mina. Dispuesto a sacarle partido al incidente -y de paso vengarse de los que le despidieron restregándoles por la cara la primicia de la noticia-, consigue que el sheriff y el contratista elijan el modo más lento para llevar a cabo el rescate. De necesitar unas horas, pasan a requerir seis días para sacar al indio del agujero. A partir de este momento, Tatum monta un espectáculo repugnante, supuestamente con una intención informativa, que le brinda la posibilidad de volver a ocupar las primeras páginas de los periódicos.

Alrededor del periodista revolotean unos personajes que intentan sacar provecho de la situación. Leo, ¡pobre infeliz!, delira y cada vez ve a la muerte más cerca; el periodista monta el circo; y mientras, ¿qué hace el resto? Lo vemos:

La esposa, Lorraine Minosa: mujer amargada que regenta el bar de carretera. Detesta el lugar en el que vive, a su marido y la situación en que la tiene. El circo que ha montado Charles alrededor del accidente de su marido, lejos de molestarle, se ha convertido en su oportunidad para abandonar esa vida que tanto odia: desde que los periódicos publican los artículos de Tatum, todos quieren conocer a ese indio que cree que los dioses le han castigado por querer robarles y que , por ese motivo, han provocado el derrumbe de la mina. Y su solitario bar de carretera, ahora factura cientos de dólares. Se deja manipular por el periodista para huir lejos de allí.

El sheriff local, Gus Kretzer: hombre corrupto que ansía ganar las elecciones. No es difícil para el periodista convencerle de que esa historia, cuanto más dure, más beneficiosa será para sus aspiraciones electorales.

El capataz: presionado para que mantenga más días atrapado a Leo Minosa, al final, es persuadido con cierta facilidad: el sheriff le promete adjudicaciones de obras en el futuro. El plan de Tatum marcha sobre ruedas.

Leo Minosa: el indio sepultado. Buscador ilegal de objetos arqueológicos. Enamorado de su esposa. Es el “producto” del periodista, por eso, Charles se gana su confianza y se hacen “amigos”. El pobre Leo termina creyendo que los dioses le han castigado, que su mujer le ama y que Tatum es su fiel amigo. Un infeliz. El tonto necesario para montar cualquier “circo”.

Los padres de Leo: el padre deambula triste por el “circo” que se ha montado en torno a su hijo; la madre reza todo el día. Son los únicos personajes del film que, realmente, sufren por lo la situación de Leo, su pobre hijo.

Jacob Boot: la única persona íntegra en este “gran carnaval”. Director del Sun Bulletin. Su lema, “Di la verdad”, y modo de entender el periodismo es ridiculizado por el periodista.

Los visitantes: la noticia “fabricada” por Tatum produce un efecto de “bola de nieve”. Los periódicos de todo el país colocan la noticia en sus primeras páginas; periodistas de grandes rotativos acuden al lugar y montan sus redacciones y emisiones de radio en directo. Este interés de la prensa tiene como efecto inmediato la llegada masivas de curiosos y el aumento de las atracciones de feria, venta de comidas, etc. Cercan el lugar y, a medida que aumenta la emoción y el morbo del espectáculo, se incrementa el precio de la entrada: de 0 a 50 centavos. El ciudadano corriente acude en masa al lugar (…).

Todos ganan, pero ¿alguien se acuerda del pobre Leo?
Pero ¿qué dices? No hay tiempo para esas tonterías. Continúa, continúa...

(…)El ansia del público por las noticias sensacionalistas crea un circulo vicioso: cuanto más se consumen, más negocio y beneficio para las empresas informativas, por lo que, más noticias amarillas se generan. El Gran Carnaval presenta a un público responsable de exigir a los medios de comunicación asuntos morbosos y sensacionalistas; es tan culpable y responsable como los medios de comunicación. El resultado de este círculo es que los lectores -visitantes- son, en gran medida, los verdaderos responsables de convertir la desgracia ajena, en este caso la de Leo,  en un entretenimiento morboso.

En definitiva, estamos en el cine y tenemos a un periodista protagonista sin escrúpulos; a una rubia fatal oportunista; a un sheriff corrupto; a un capataz sin escrúpulos, etc. Personajes que, fácilmente, identificas como “malas personas”: ellos son malos -piensas. Y te comes una palomita, mientras te reafirmas: rubia amargada y cruel… ¡Yo no soy así!. Y de repente te abofetean: ¡Zas! Y te llevas las manos a la cara. Y te duele. ¿Por dónde me ha venido la bofetada? -te preguntas mientras te recompones en el asiento. ¿Qué ha pasado? Y el dolor físico desaparece –si es que alguna vez estuvo ahí-, y te duele la conciencia. Y, aturdido, miras la pantalla y ya no quieres ver más. Y, repentinamente, te haces pequeñito y te escurres en tu asiento; y miras a la derecha y a la izquierda; y te chocas con los ojos de los otros que, también,  buscan complicidad. Buscan que tú les digas: no, nosotros no somos así, nosotros somos buenos ¿recuerdas?

¿Qué ha ocurrido? El Gran Carnaval tiene un personaje protagonista cuya crueldad hace que nos duela la conciencia: los “visitantes”. Esa gente que va a la cueva para ver el espectáculo. El público que, al fin y al cabo, es el que alimenta el sensacionalismo de la prensa. Y la película nos escupe a la cara las terribles consecuencias de este afán por el espectáculo, de ese gusto por el morbo. Y la prensa puede que se sienta molesta por la radiografía que le hace Wilder en su película; incluso puede que niegue que actúan de esa manera (ya puestos a mentir…). Y el ciudadano corriente, quizá opte por mirar hacia otro lado, pero no podrá evitar verse reflejado en esos hombres y mujeres que acudieron a la cueva desde todas partes de Estados Unidos atraídos por esa peligrosa fuerza de atracción que es el morbo.


La prensa es culpable, pero ¿que responsabilidad debe asumir el lector(público)? ¿Dónde queda la pasión por la verdad, el sentido crítico, la autoformación, el interés por estar informado de los ciudadanos corrientes? Para que nos den calidad, debemos entender la calidad y exigir calidad.

lunes, 5 de agosto de 2013

Los Idus de Marzo: la seducción del poder


César.- ¿Qué me dices ahora? Habla otra vez.
Adivino. - ¡Guárdate de los idus de marzo!
César. - Es un visionario; dejémosle.
(Shakespeare, Julio César)


Según cuenta el escritor griego Plutarco, Julio César desoyó el consejo del viejo adivino.  Y llegó el día. El quince de marzo del año 44 a. C.,  César fue asesinado. Desde entonces, los idus de marzo[1] se convirtieron en una fecha sombría y nefasta. Siglos después, allá por el XVI, William Shakespeare recreó la conspiración que acabó con el emperador romano en su obra Julio César (1599), e hizo famosa la frase “¡Cuídate de los idus de marzo!”.  

Cientos de años más tarde, George Clooney repite la osadía del todopoderoso Julio César. Arropado por un espectacular ejército de actores -liderados por Ryan Gosling y el mismo Clooney-,  ignora la advertencia del adivino,  y se pone en la piel de director por cuarta vez, para regalarnos Los idus de marzo –título original, The Ides of March-.  La película es una adaptación de la obra teatral escrita por el exconsejero demócrata Beau Willimon,  Farragut North (2008) en la que aborda las primarias del partido demócrata estadounidense de la campaña de Howard Dean de 2004. De hecho, en un principio, Los Idus de marzo se iba a dar a conocer como Farragut North. Finalmente,  Clooney eligió un título más shakesperiano,  consiguiendo impregnar a la película de una atmósfera de tragedia,  traición, drama,  intriga y conspiraciones.

George Clooney dirige, participa en el guión y co-protagoniza este viaje a las cloacas de la moral política. Y en este momento de enorme desafección de la ciudadanía hacia los políticos, parece una recomendación cinematográfica muy oportuna. A través de Los idus de marzo,   Clooney nos muestra qué es lo que sucede en el backstage de unas primarias dentro del partido demócrata y nos plantea la cuestión de si es posible que cualquier candidato pueda ganar siendo fiel a sus valores,  teniendo en cuenta que la experiencia de dirigir una campaña política puede llegar a ser demoledora para el cuerpo y el alma del individuo.

La extensa filmografía de Clooney como actor es un ramillete de películas comerciales y taquilleras, mezclado con trabajos más profundos. Entre otras producciones encontramos: Ocean's Eleven, Ocean's Twelve, Ocean's thirteen  (Steven Soderbergh, 2001, 2004, 2007), la serie Urgencias en la que trabajó siete temporadas y le lanzó a la fama (Michael Crichton, 1992- 2009), Up in the air (Jason Reitman, 2009) o Syriana (Stephen Gaghan, 2005). La consagración de Clooney como uno de los actores con más “tirón” y talento en el panorama hollywoodense y mundial, le ha permitido amasar una fortuna y adquirir una madurez suficiente y necesaria para enfocar su carrera como director hacia un cine independiente, con proyectos muy personales y alejados de lo puramente comercial.

Pero, no es la primera vez que Clooney trata el tema político o el de los medios de comunicación en las películas que dirige; ya lo hizo en Buenas noches, y buena suerte (2005). Largometraje que se centra en el tiempo que pasó el periodista Edward R. Murrow[2] en la CBS. Concretamente, nos describe cómo se cocinaron los polémicos reportajes sobre el senador McCarthy y refleja los conflictos entre el periodista y el senador,  a partir de las controvertidas acciones de este último en la época llamada "caza de brujas[3]" (Biografías y vidas, s.f.). Por otro lado, su primera película como director, Confesiones de una mente peligrosa (2003), curiosamente, también estuvo ambientada en el mundo de la televisión. La película cuenta la historia de un legendario show-man de la televisión con una doble vida: productor de televisión de día, asesino de la CIA de noche. Por último, en su  filmografía como director,  encontramos Leatherheads (en España, Ella es el partido), estrenada en 2008. Una comedia romántica sobre el fútbol que no tuvo demasiado éxito ni dentro, ni fuera de los Estados Unidos.

Con los Idus de marzo (2012),  Clooney aborda de lleno, y por primera vez, el thriller político. Pero, en realidad, no es una película política. No se centra en las ideas o doctrinas políticas, si no en el proceso electoral. Es una historia cínica y desoladora sobre la condición humana. George Clooney elige a un político americano como símbolo para retratar los engaños y los “chanchullos” que ocultan aquellos que siempre nos muestran  su cara más amable,  al mismo tiempo que esconden bajo la alfombra la suciedad que generan. Y en esta sacudida de alfombra que hace Clooney,   la basura llega a todas partes: a los medios de comunicación, a la clase política, a los valores norteamericanos, a las políticas conservadoras. Un trasfondo que refleja el cinismo –muy presente en estos tiempos que vivimos-,  entre el mensaje que se ofrece a la ciudadanía y la realidad de la clase que ostenta el poder.  Un argumento que nos puede llegar a recordar en ciertos aspectos a Primary Colors (1998) de Mike Nichols.

Ryan Gosling es el protagonista absoluto de la película; su personaje, Stephen Seyers,  lleva el peso del metraje. Interpreta a un jefe de prensa joven, tremendamente atractivo, elocuente e idealista que trabaja para un prometedor candidato, el gobernador de Pennsylvania Mike Morris (George Clooney).  El joven actor canadiense vuelve a cautivarnos como ya lo hizo en Drive (Nicolas Winding Refn,  2011) con su magistral interpretación. Clooney hace un uso constante de primeros planos sobre los actores, lo que ayuda a generar tensión y a que nos sumerjamos en la historia,  perdiendo la noción del tiempo y del espacio que nos rodea. Y Gosling transforma esos primeros planos en un cúmulo de gestos y de miradas que te cautivan y  que te transmiten, incluso, más que sus cuidados e inteligentes diálogos. El actor canadiense es capaz  de mantener un eterno silencio sobre sus espaldas sin que se pierda un ápice de seducción, de tensión, de intriga o de carga dramática.

Y, por supuesto, no podemos olvidarnos del apuesto actor y hombre Nespresso. George Clooney se mete en la piel del gobernador Mike Morris. Pese a ser un personaje secundario,  la trama se centra en el enfrentamiento/conflicto entre los dos personajes principales. Por un lado,  el joven asesor, Stepehn Meyers (Ryan Gosling) y por otro, el gobernador  demócrata Mike Morris (George Clooney). Stephen cree que su candidato es “el candidato” que necesita su país para que cambien las cosas. ¿Lealtad ciega? Está por ver. La cuestión es que el joven asesor se ve reflejado en los ideales del gobernador Morris: impuestos para los ricos, apoyo al matrimonio homosexual, no a la pena de muerte, etc. Ideales que,  de manera explícita, el candidato defiende en sus mensajes políticos,  y que Clooney-director deja caer sutilmente a lo largo de todo el filme. Mike Morris, por su parte, es un candidato modélico, carismático –nos llega, incluso, a recordar a Obama antes de ser Presidente de los Estados Unidos-, con la mujer perfecta, la sonrisa cautivadora, pero que esconde mucho más detrás de esa idílica fachada.

El reparto se completa con actores de la talla de  Philip Seymour Hoffman, que encarna al jefe de campaña del gobernador Moris; Paul Giamatti que interpreta al responsable de la campaña del oponente. Marisa Tomei, en un papel que representa a la prensa y medios en general; y Evan Rachel Wood que interpreta a una joven becaria del equipo de Morris. Personajes complejos inmersos en una trama, aparentemente sencilla,  y cuya interpretación es lo más destacable. George Clooney nos los va descubriendo con cuidada discreción,  de forma sutil e indirecta, mediante detalles que permiten que el espectador sea el que realice ese último trabajo de interpretación que tanto le gusta y le motiva. A este respecto, es importante destacar las numerosas elipsis que nos ofrece Clooney y que permiten esa “interpretación cooperativa”. El resultado es un filme con un estructura típica de thriller, pero con un montaje trepidante y un ritmo envidiable.

Los idus de marzo es un claro ejemplo de que no siempre son necesarias las grandes producciones para arriesgar y para cautivar a los espectadores. Clooney deja a un lado la cámara y se centra de lleno en la interpretación de sus personajes,  y en crear atmósferas íntimas y muy personales:  la iluminación, el uso inteligente de los silencios; los primeros planos y una música –la justa y necesaria- evocadora y que aporta la tensión necesaria que cada escena requiere. Clooney, fiel a sus valores, muestra al mundo sin ambigüedades  ni patriotismo barato, lo que se cuece en unas primarias americanas. Diálogos acertados, frases definitivas e interpretaciones impecables que reflejan con gran acierto la realidad y que esconden un trabajo profundo de documentación, de producción y de dirección.

En definitiva, cine de compromiso y denuncia en forma de thriller.  Una película que no nos ofrece soluciones, ni lecciones. En la que no hay vencedores, ni vencidos. Un filme cuyo leit motiv es la seducción del poder,  y que deja al espectador la autonomía suficiente para que sea capaz de identificar y descubrir los significados que hay tras su atrayente fachada. Está claro que a Clooney le pone eso que llaman política.



[1] En el calendario romano los idus eran jornadas de buenos augurios, que tenían lugar los  días 13 de cada mes, excepto en marzo, mayo, julio y octubre que se celebraba el día 15.
[2] Periodista estadounidense que trabajó como locutor de noticias en la CBS para radio y televisión. Alcanzó la fama como locutor de radio durante la II Guerra Mundial. Es considerado como una de las grandes figuras del periodismo de su tiempo. Fue uno de los pioneros de la televisión y produjo una serie de reportajes que lo enfrentaron con el senador Joseph McCarthy.
[3] McCarthy instigó una cruzada anticomunista. El  «macarthismo» ha sido acuñado para describir la intensa persecución anticomunista que existió en Norteamérica desde 1950 hasta alrededor de 1956. Durante este periodo, las personas que eran sospechosas de ser leales al comunismo se convirtieron en el blanco de investigaciones gubernamentales. Estos procesos fueron conocidos como la «caza de brujas».

sábado, 3 de agosto de 2013

El salmonete inesperado


¡Noooo! El salmón debe ser SALMA. 
Y no me cuente que Noruega está muy lejos, o que los japoneses han desabastecido las tiendas con su impertinente manía de hacer sushi… ¡SALMAAA! ¿Lo ha entendido?

Victoria quería que todo saliera perfecto, es más, necesitaba que su cocktail fuera un verdadero éxito.  En su lista de invitados se podía leer las caras más famosas del momento. La gente más cool y exclusiva de la noche madrileña se mataba por ser invitada por Vicky.

¡Blanco lo quiero TODO blanco!- gritaba a alguien que estaba al otro lado de su Iphone.
Señora –le interrumpió su asistente personal-, las orquídeas negras ya han llegado,
¿dónde las dejamos?

Una amplia sonrisa se dibujó en su cara. Los enormes ojos verdes se le iluminaron. Nadie va a hablar de otra cosa en meses... nadie va a olvidar la fiesta de la Sra. Beltrán. Uhmm...sobre todo una que yo me sé, se decía Vicky.

Colóquelas en la sala azul, una detrás de la otra, alineadas. 
No quiero ni pensar que una de mis “negritas” sufre un accidente- le decía a su asistente mientras caminaba de un lado a otro de su habitación.

El día había empezado muy temprano. Vicky acostumbraba a levantarse pasadas las tres de la tarde, así evitaba el desayuno y el almuerzo; solo de vez en cuando, se permitía cenar en algunos de los innumerables compromisos que ocupaban sus noches y sus madrugadas. Hoy, su fiel asistente le abría el enorme ventanal de su habitación a las 9 en punto de la mañana. Llevaba varias semanas entrenando para ese momento: necesitaba preparar su cuerpo y su mente, de lo contrario, el shock de ver el mundo a esas horas intempestivas podía arruinar su magnífico cutis.

Ya eran las 11 de la mañana y Vicky tenía más energía que nunca. Sin bajarse de sus tacones de aguja y cubriendo su frágil cuerpo con un batín de seda color esmeralda,  ultimaba los detalles, daba órdenes, aconsejaba a sus íntimas amigas sobre qué debían ponerse y cuáles eran los últimos “trucos” para parecer una joven de veintitantos.

Querida, quince minutos con la cara sumergida en hielo
 y parecerá que eres mi hermana mayor;
y contando que casi me duplicas la edad, ¡estamos hablando de un milagro! 
Ahora tengo que colgar,  tengo otra llamada, ¡chau!- le decía a Mirta, 
una de sus setenta y cinco mejores amigas.

Por fin, la llamada que estaba esperando: su tercera mejor amiga, Perla Vélez. Antes de descolgar su teléfono dorado -que reservaba para hablar con sus mejores diez primeras amigas- dio un sorbito al Martini que le había preparado su asistente. No recordaba haberlo pedido, pero su asistente llevaba con ella toda la vida y siempre sabía qué es lo necesitaba, incluso, mejor que ella misma. Delicioso. Tomó aire, se atusó su larga cabellera rojiza, cruzó sus interminables piernas y esbozó una sonrisa.

¡Queriiiiida! ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Una semana?, ¿dos?… 
¡una eternidad!
No puedo creer que no nos hablamos desde el viaje a San Petersburgo…o fue a Montecarlo… 
¡No sé dónde tengo la cabeza! 
Pero, cuéntame ¿ya has conseguido disimular esa cicatriz que te dejó 
la última operación de estética que te hiciste? 
Ya te dije que no era buena idea ahorrar en ese tipo de cosas (...).

Perla Vélez era su nueva mayor enemiga. No podía perdonarle. Todavía temblaba al recordar lo que le hizo. Todavía no había podido reducir la dosis diaria de prozac. No invitar a Victoria Beltrán era un agravio que jamás perdonaría. Perla había “olvidado” enviar la invitación a Vicky para su última fiesta. Y todo lo que organizaba Perla era comentado durante meses. Y su no presencia fue la comidilla de todas las reuniones posteriores. Y Vicky se sentía humillada. Su terapeuta, Alberto -un joven de facciones marcadas y de eterno bronceado-, estaba haciendo verdaderos esfuerzos para que no se dejará llevar por sus más profundos y oscuros instintos: adentrarse en el mar en su yate y tirarse al agua cuando viera pasar un tiburón. Desconocía si existían tiburones o no en el Mediterráneo, pero la idea de ser engullida por uno de esos bichos se le antojaba de lo más “innovador”.

...De salmonete, sí…fresco si es posible (...)
Querida Perla, ya te dije que te había reservado 
el mejor pescadito para que lo lucieras en mi fiesta (...).

Vicky ponía en marcha su plan: Perla, la gran Perla, humillada delante de lo mejorcito de la noche de Madrid. No podía dejar de sonreír al imaginar su entrada.

En unas horas su finca parecería un templo griego: el mármol blanco que había hecho traer de Carrara lucía espectacular con sus orquídeas negras. Políticos, artistas, escritores, empresarios, deportistas de élite danzarían por el templo vistiendo sus últimos modelos Armani, Dior o Versace blancos como perlas. Todos serían testigos de la entrada triunfal de un “salmonete”. Sería el fin de Perla Vélez, y la prensa nacional e internacional recogería ese momento.  Nadie volvería a invitar a una señora que "chocheaba" de esa manera.

Y llegó la hora.

A las 9 de la noche Vicky recibía a sus primeros invitados:

¡Aniiiita!! ¡Estás diviiiiiiiina!
¡Floren, qué suerte que viniste!

Era imposible estar más bella. Vicky había recogido su melena en cascada. Un Pertegaz se deslizaba por su cuerpo dejando al descubierto su espalda; un diamante, tan grande como una pelota de golf, vestía su delgado dedo anular de la mano derecha -quería matar de la envidia a todas las mujeres de la fiesta y mostrar su “pedrusco” al saludar, al beber, al reír…era la mejor estrategia-. Bailaba, bebía, reía, charlaba, cantaba… ¡era feliz! La mejor fiesta de la década la había organizado Victoria Beltrán. Eso es lo que dirían las revistas del corazón de mañana; las secciones de sociedad de todos los tabloides; TODOS recogerían su evento. Y mientras compartía más que palabras con un atractivo y jovencísimo futbolista, su asistente le hizo la señal que estaba esperando: el “salmonete” estaba a punto de entrar.

Dejó al joven futbolista con la miel en los labios y corrió hacia el jardín. Miles de invitados formaban corrillos alrededor de las piscinas. Vicky se quedó de pie a pocos metros de la entrada de la finca por la que iba a aparecer Perla Vélez disfrazada de animal acuático. Con un gritito agudo, pero elegante,  consiguió que todos centraran la atención en ella:

¡Queriiiidos! ¡Queridíiiiiiisimassss! Soy muy feliz...


No pudo terminar la frase. Ante sus ojos, cientos de ojos se abrían como platos y los labios de las señoras dibujaban generosas "oes". La escena se congelaba y el silencio se hacía protagonista de la misma. 


 "Algo" había aparecido a sus espaldas  Llegó el salmonete, pensó Vicky. Su corazón latía muy rápido: se sentía pletórica; la venganza era el único plato dulce que se permitía comer en su estricta dieta. 

Giró la cabeza y la vio: el “salmonete” resultó ser la mujer más bella que jamás habían visto sus ojos. Perla cruzaba el portón: su andar era sensual y parecía flotar. Un "disfraz" rojo anaranjado de lentejuelas y escamas de cristal perfilaba su delgadísima silueta. El escote de la espalda alcanzaba el límite donde esta pierda su horizonte. Un cola de más de tres metros abierta como pavo real, simulaba las olas del mar. Perla era la diosa de los mares. Perla era el "salmonete" más bello del mundo. Perla había clavado su mirada en Vicky: sus ojos la devoraban.

Una lágrima arañó la cara de Vicky: humillada, otra vez humillada.