Son las once de la mañana. En una hora mi
muestrario y yo tenemos que estar en la casa del hombre de negocios. Ya estoy
en la gasolinera y ya he encontrado el dichoso camino de tierra. Me remango las
perneras del pantalón del traje e inicio la caminata.
Mientras ando, repaso cómo he llegado hasta allí: hace siete
días me llamó el asistente de un posible cliente. No me dijo demasiado: tan
solo me trasladó el enorme interés que había mostrado su señor por ver mi muestrario
de telas, y que se trataba de alguien importante.
Ayer por la tarde me volvió a llamar.
En apenas treinta segundos me indicó
cómo llegar a la casa: debía coger el 63 y bajarme en la gasolinera de las
afueras de la ciudad. Allí, tenía que buscar el medidor de presión de las
ruedas.
Recuerdo las palabras exactas del
asistente:
"A su derecha, verá que sale un camino de
tierra. Sígalo. Si va a paso ligero, no
tardará más de una hora en llegar. Sea puntual; un minuto tarde es demasiado
tarde, y el señor detesta la impuntualidad.
No lo olvide, a las doce en punto.
No lo olvide, a las doce en punto.
¡Ah! Y no se salga del camino de tierra,
le será imposible encontrar la casa".
Me fijo en mi reloj: las once y ocho. A
primera hora de esta mañana llovía; ahora el cielo está despejado y parece que
continuará así hasta la tarde. Piso
tierra seca en algunos tramos y húmeda en otros. Cada tanto tengo que esquivar
algún charco. El camino transcurre por
el medio de una inmensa llanura; de vez en cuando, a unos cien metros de
mí, veo pastar a alguna vaca. El color
tierra del camino contrasta con el verde del pasto que lo perfila por ambos
lados. No me he cruzado con ninguna persona. En realidad, al margen de dos o
tres vacas, no he visto nada que me indique que puedo estar cerca de la
casa. Mis pasos son largos y voy a buen
ritmo: uno, dos, uno dos.
Vuelvo a refugiarme en mis pensamientos
para no desesperarme con la búsqueda de la casa. Desde que comenzó la crisis,
muevo mi tarjeta de visita casi por cualquier lugar: parabrisas de los coches
que aparcan en la calle, tintorerías, gimnasios, casas de arreglos de ropa,
academias de baile, guarderías. No sé cómo,
ni por qué contactó conmigo este señor de negocios, pero tengo una buena
corazonada: él será el que termine con esta terrible racha de ocho meses en
blanco a la que me tiene condenado esta maldita crisis.
Me echo la mano al bolsillo interno de la
chaqueta y saco un montoncito de tarjetas; no puedo evitar sonreír al leer Las
mil y una telas, la suya también la tengo ¡Llámeme! Ricardo de la Era, Director
Comercial. Lo del cargo es una cuestión de marketing: no siempre interesa que
el cliente sepa que soy el único empleado de la empresa. No siempre interesa
que descubra que soy un simple intermediario: compro telas al por mayor y las
vendo. Ese es mi negocio, o al menos lo era hasta hace poco menos de una año.
Vuelvo a guardarlas.
Un dolor intenso en el hombro derecho me devuelve al presente: el
muestrario pesa demasiado. Lo dejo en el suelo y echo una mirada a mi
alrededor: la misma llanura, el mismo verde del pasto, el mismo camino tierra, los mismos charcos.
Me aflojo la corbata y detengo la vista en mis zapatos. ¡Mierda! Cubiertos de
polvo y con la suela llena de tierra pegada.
Miro el reloj: las once y media. A paso
ligero y no se salga del camino, me dijo el asistente. He seguido a raja tabla
estas dos premisas, pero, todavía, ni
rastro de la casa. Me cuelgo el muestrario en el otro hombro y siento como si
millones de agujas se clavaran en él. Lo
dejo caer bruscamente. Vaya, no me queda ninguno sano. Vuelvo a mirar el reloj
-que no se ha movida de y treinta-; luego,
miro el camino y el muestrario tirado en el suelo; luego, mis zapatos.
Analizo mi situación: treinta minutos
para llegar. Las palabras del asistente vuelven a mi cabeza: “[…] un minuto
tarde es llegar tarde […]”. El camino
está cada vez es más fangoso. Pienso que puedo andar por el pasto verde, en paralelo al camino de tierra, y así evitar
pisar los charcos -que cada vez son más números-. Pero, de nuevo las palabras
del asistente: “no se salga del camino de tierra”. Olvido la idea.
Y treinta y dos. Reanudo la marcha
arrastrando el muestrario. Mis pasos son cada vez más rápidos. Y cuarenta. En
veinte minutos tengo que estar delante de mi cliente, debo estarlo. Ya no pienso en nada. Solo camino y miro mis
zapatos, cada vez más sucios. De repente, me paro en seco: tengo que
limpiarlos. No puedo llegar con este
aspecto.
Me los quito; también los calcetines. Los
utilizo para arrancar la tierra pegada de la suela y para quitar el polvo de
los zapatos. Al terminar, me doy cuenta
de que es imposible que me los vuelva a poner: están húmedos y con barro. Me
los meto en el bolsillo. Me calzo.
Y cuarenta y nueve. Ya no ando, corro. El
muestrario sigue recorriendo el camino por el suelo y mis perneras remangadas
han dejado de estarlo. Mis zapatos aciertan y pisan en el centro de casi todos
los charcos del camino. Miles de gotas de arena y agua cubren mis pantalones.
Los talones de mis pies sufren al estar
en contacto directo con el cuero del zapato: una pequeña herida empieza a sangrar. Las plantas
de mis pies se pegan y despegan con las plantillas. La rozadura en mis talones
se hace cada vez más insoportable: la sangre se seca convirtiéndose en una especie de pegamento entre mi talón y el
zapato; luego, al levantar el pie del suelo para iniciar otro paso, se despega
bruscamente. Es como si me arrancaran la
piel a tiras.
Y cincuenta y tres. Corro, corro, solo
corro. Ni rastro de la casa; mis ojos van de derecha a izquierda buscando algo
que rompa la monotonía de este camino y me anuncie que la casa está cerca.
Nada. Solo veo verde; ya, ni tan
siquiera vacas. Para no perder el juicio fijo me pensamiento en el hombre de
negocios y en ese importante pedido de
telas que firmaré en apenas siete minutos.
Y cincuenta y nueve. Sigo corriendo. Las piernas pesan cada vez
más; las heridas en mis talones se han convertido en cortes profundos. Siento
como si mis pies ardieran dentro de mis zapatos. Mis pantalones están llenos de
tierra; mi camisa sudada; he perdido la corbata.
En punto. Las doce. Suena mi móvil. Sigo
corriendo.
Los doce y un minuto. Vuelve a sonar mi
móvil. Dejo de correr y lo descuelgo: Ya es tarde - dice el asistente del otro
lado-, adiós señor De la Era, que tenga
un buen día. Fin de la llamada.
¡¿Qué tenga un buen día?!, ¡¿eso es
todo?!- grito una y otra vez mientras lanzo mi móvil lo más lejos que
puedo. Me doy la vuelta y miro mi
muestrario: está en el suelo. Ya no distingo el color de la bolsa de ante que
elegí esta mañana para llevarlo, ahora
está cubierta de tierra. Y abierta.
Levanto la vista: un reguero de pedacitos
de telas dibujan el último tramo del camino que he recorrido.
¿Doscientos metros?, ¿quinientos?, ¿un kilómetro?
Las lágrimas se escapan de mis ojos sin
ningún control. Mis telas, mis preciosas telas. Me limpio la cara con la manga
de la chaqueta y me cuelgo el muestrario en el hombro. Ya no siento dolor.
Deshago el camino andado y voy recogiendo mis pedacitos de telas: de seda
salvaje roja, de lino blanco, de lana fría negra. Mientras, voy pensando en
buscar otro cliente; pero antes, debo volver a
limpiar mis zapatos.
...endebe...
Felcidades... es genial!
ResponderEliminarTe seguiré; a ver cuando publicas otro!