Ahí estaba yo, tiesa como un palito.
El
patio del nuevo colegio era como una cancha de fútbol.
Yo era el balón que se
coloca en el círculo central
y que espera que el jugador del equipo que no ha
elegido lado de cancha lo patee.
****
Pues eso, como ese balón, con el
insignificante detalle de que no había ni un solo jugador, ni siquiera un
árbitro que justificara mi presencia en ese lugar.
Tenía diez años cuando mis padres
decidieron cambiarme de colegio. Al principio la idea no me entusiasmó, pero cuando me enteré que llevaría uniforme me entraron ganas de darle mil besos
a mi madre. Podría presumir de ropa nueva entre mis antiguas amigas, iría con
falda todos los días, nunca más esos horribles pantalones marrones de pana ni
ese chándal azul con rallas para ir al cole. Me pasé todo el verano imaginándome vestida a cuadritos escoceses rojos
y grises; con un polo blanco y con un suéter de pico azul marino; calcetines
por debajo de la rodilla a juego con el jersey y unos zapatos negros de
cordones. Todo nuevo, y todo solo para mí.
Tener dos hermanas mayores casi de la
misma edad y talla era mi desgracia: siempre heredaba ropa o tenía que
compartirla con ellas. Bueno, compartir, compartir… ellas no compartían. Si
hubiesen podido vestirse con tres pantalones a la vez lo hubiesen hecho. A mí
siempre me quedaba lo que ese día no se ponían. Yo siempre miraba a mi madre
esperando encontrar una aliada. Y con lo que me encontraba era con su frase
favorita: "lo que hay en casa es de todos". Siempre decía lo mismo, siempre me
dejaba con la boca abierta, sin poder contestar, sin poder reaccionar. Lo
decía, daba media vuelta y zanjaba el asunto.
Pero todo había cambiado. Yo, y solo yo,
iría a un colegio con uniforme. Tendría mi falda, mis calcetines, mi suéter,
mis zapatos y mis polos blancos para mí
solita.
Terminaba agosto y en la televisión ya
estaba El Corte Inglés anunciando la vuelta al cole. Qué placer estrenar un cuaderno cuadriculado,
un compás o una goma Milán. Y mi madre no podía negarse: la tutora le había dado
una lista con todos los materiales que necesitaba para todo el curso y mi madre se tomaba muy en serio cualquier cosa que dijeran los profesores.
Con los libros era diferente: siempre
había alguno que podía aprovechar de mis hermanas. No me quedaba otra que
soportar ver los corazones que unían dos nombres que dibujaba mi hermana la
mayor. Yo me pasaba una semana borrando los que estaban a lápiz, pero ella
escribía con tanta fuerza que, pese a la goma Milán, siempre quedaba la marca o
se emborronaba todo. Pero ese año, ni los corazones de mi hermana, ni sus
veinte novios repartidos por los márgenes de las hojas me importaban; ese año
solo pensaba en mi uniforme nuevo.
Por fin llegó el día de las compras: ni
más ni menos que a El Corte Inglés, todo un lujo. La sección de uniformes era
muy grande: faldas grises, azul marino, a cuadros verdes, con hebillas, con
botones; jerséis de pico rojos, verdes, grises, azules. Yo me movía entre los
pasillos que formaban las hileras de ropa; me imaginaba que estaba en un
laberinto y que jamás encontraba la salida.
Mi madre hablaba con una dependienta. Le
mostraba el papel que le habían dado en el nuevo colegio. La mujer lo leyó y se
quedó un rato mirándolo. Yo ya estaba al lado de mi madre y por un momento temí
lo peor: no había. Miraba hacia arriba intentado ver los ojos de esa señora que
no decía nada. De repente, dijo “ahora vuelvo” y se perdió entre los metros de
ropa que inundaban ese lugar. No sé cuánto tiempo pasó, pero mi madre no hacía
más que mirar el reloj y decir que se le hacía tarde. A mí me daba igual, yo
podría haber esperado un millón de minutos.
Mi madre se fue al baño. Me quedé sola.
Volvió la dependienta.
¿Y tu
mamá? -me preguntó-. Antes de que yo pudiera contestar dijo: dejo aquí
la ropa. Dile a tu madre que ahora vuelvo.
Y ahí estaba. Sobre una caja de cartón
llena de perchas: una preciosa falda de cuadritos rojos y grises con dos
hebillas negras en un lateral; un suéter de pico azul marino suave y brillante;
calcetines, dos polos blancos, un par de zapatos. Me quedé con la boca en “o”.
Un tirón en el brazo me avisó de que mi madre había vuelto.
Vamos a probarlo –me dijo.
No lo podía creer, entrar en un probador como lo hacían los
mayores era mi sueño. Iba a estar rodeada de espejos: me podía ver de perfil,
de espaldas, de enfrente. Lo había visto en las películas: la chica se probaba
los vestidos, giraba para ver cómo volaba la falda y subía los cuellos de las
camisas al tiempo que ponía caras sexis y se miraba al espejo. Mientras,
la madre le decía lo guapa que estaba y le animaba a llevarse todos los
modelitos.
Mi primera experiencia en un probador fue
muy diferente a la de la chica de la película: tirones de pelo para sacarme el
polo blanco; vueltas sobre mi misma para que mi madre viera cómo me quedaba la
falda –pero sin vuelo, muy despacito para que pudiera examinar que no tenía
ningún hilo suelto-; un date prisa y estate quieta que me ordenaba mi madre
cuando yo intentaba hacer volar la falda o me miraba al espejo para ver lo
guapa que estaba.
De nuevo con mi ropa. Aparté la cortina del
probador y salí tambaleándome. La coleta con la que había salido de casa se
había deshecho y los mechones me cubrían la cara. Me los aparté y vi que mi
madre ya estaba en la caja con la dependienta.
Me acerqué para escuchar lo que decía esa señora: No estará para este
lunes. Lo estará para el siguiente
lunes. ¿Para el siguiente? ¿¡¡Qué me iba a poner yo hasta el siguiente?!! Mamá, mamá- le grité-, pero ella me hizo
un gesto para que me callara y yo obedecí.
****
Una falda roja por debajo de la rodilla,
un jersey de cuello vuelto gris y mis viejos zapatos azules de hebilla es lo
que llevé.
Y leotardos rojos.
A las siete y media de la mañana mi madre me dejó en el colegio nuevo. El patio que parecía un campo de fútbol estaba lleno de faldas a cuadros grises y rojos. Todas reían, se contaban su verano, movían los brazos como si espantaran moscas. Yo no. Yo estaba tiesa como un palito. Y encima estaba en el medio. Y encima de rojo. Parecía el centro de una diana. Ninguna niña con uniforme se acercaba. Me miraban y pasaban por mi lado sin rozarme, como si manchara.
Y leotardos rojos.
A las siete y media de la mañana mi madre me dejó en el colegio nuevo. El patio que parecía un campo de fútbol estaba lleno de faldas a cuadros grises y rojos. Todas reían, se contaban su verano, movían los brazos como si espantaran moscas. Yo no. Yo estaba tiesa como un palito. Y encima estaba en el medio. Y encima de rojo. Parecía el centro de una diana. Ninguna niña con uniforme se acercaba. Me miraban y pasaban por mi lado sin rozarme, como si manchara.
A través de un altavoz alguien empezó a
llamar a las clases: 1º A, al aula C4;
1ºB, al C6. En cuanto terminaba de decir la clase, muchas faldas salían
corriendo; iban riéndose y gritando de la emoción. Llegó la mía: 5º D, al aula
F8. Yo no salí corriendo, ni reí, ni grité por la emoción. Yo no me moví.
Por fin la señora del altavoz se calló.
No quedó nadie en el patio. Bueno, sí, yo. El pimiento rojo con cuello vuelto.
Apreté los dientes, pegué mis brazos a mi cuerpo y juré no subir a ninguna
clase. Odié a la señora de El Corte Inglés, odié a mi madre. Odié ese nuevo
cole.
...endebe...
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