Historias de viejos
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Y de postre, tu favorito, un melocotón- comenta Jonás.
La mano de Jonás entra en la terraza y, estirando el brazo, deja sobre la mesa un
melocotón que la vieja compró a otra menos vieja que tenía un puesto de
fruta en la carretera que pasa cerca de su casa.
Hace una semana, la vieja quiso ir a la
iglesia y Jonás la llevó en su coche. En el camino, se encontraron con otra
menos vieja que agitaba las manos que, a su vez, sostenían dos bolsas de melocotones que
vendía por el precio de una. ¡A dos
euros, dos bolsas de melocotón a solo dos euros señoras! -gritaba la menos
vieja. La vieja, que iba sentada en la parte de detrás del coche, no dejó de ametrallar los oídos del joven
hasta que este dio un volantazo y se paró en el arcén de la carretera.
Está bien, compremos melocotones -terminó
diciendo Jonás.
Hace ochos años que Jonás cuida a
ancianos y más de cuatro que cuida a la
vieja y a su marido; sabe que ignorar los caprichos de ella puede provocarle un
despliegue de lloros de lo más variado. La vieja es capaz de llorar de siete
formas diferentes: con gemidos, con aspiraciones profundas de mocos, con
lágrimas, sin lágrimas, entonando una melodía, con ahogos y tos seca, y como lo
hace un niño cuando su padre le pega un bofetón para que cierre la boca: con un
silencio felino.
Pero, este melocotón está frío -dice la
vieja.
Yo quiero un higo -dice el viejo.
Yo también prefiero un higo, el melocotón está frío -añade la vieja.
Pero, el higo también está frío -dice
Jonás.
Hace una semana que la vieja quiso
melocotones y hace siete días que la vieja repite este diálogo. La vieja y el
viejo rondan los setenta y cinco años. Llevan más de cincuenta años casados y
los últimos treinta los han vivido en esa casa, en esa terraza. No importa que
haga frío, que llueva, que caiga granizo o que el calor derrita el asfalto:
ellos siempre desayunan y comen en esa terraza minúscula. Uno enfrente del
otro. El mismo par de sillas, la misma mesa y
mantel de cuadros que la madre de la vieja les regaló el día de su boda. Ahora,
la vieja apenas cabe en la silla: su cuerpo se encaja en ella como pieza de
puzle. En más de una ocasión, Jonás ha
tenido que tirar de ella y sacarla como si fuera un corcho de botella de cava.
Pero la silla no se queja, no dice nada, solo soporta lo que le ha tocado
vivir.
¿Más remolacha? -pregunta Jonás a la
vieja.
No.
¿Más remolacha? -pregunta Jonás al viejo.
Sí.
Yo ahora no, pero luego comeré más -se
apresura a decir la vieja, mientras traga sin masticar un pedazo de chorizo
colorado y fija sus ojos en lo que queda de remolacha. Jonás respira hondo y
calla.
El viejo termina su comida y pide un
higo. Jonás mira a la vieja. Ella levanta la vista de su plato vacío y dice:
yo, melocotón. Se ha olvidado de la remolacha. Limpiándose la boca con la mano,
confiesa que le hace ir suelta al baño y que esta mañana se ha levantado con
las tripas revueltas. Jonás vuelve a respirar, esta vez despacio, muy despacio;
y muy hondo, todo lo que sus pulmones le permiten. A veces, su vocación no le
alcanza. A veces, esa necesidad que tiene de cuidar del prójimo, de rellenar
los huecos que otros han dejado de cubrir no le alcanza para soportar a la
vieja. De la cocina trae un melocotón y un higo.
oEste melocotón está frío -dice la vieja-,
quiero un higo.
Pero... el higo también está frío -dice
Jonás.
La vieja y el viejo comparten el
silencio; no discuten, lo dividen a partes iguales y lo consumen como les viene
en gana. La vieja lo guarda para la tarde, cuando Jonás termina su jornada de
trabajo y les deja solos. El viejo lo dosifica para que le alcance todo el día
y toda la noche; cada tanto, guarda un cachito en el bolsillo, tiene miedo de
que la noche le sorprenda sin reservas y no pueda soportarlo.
...endebe...
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