martes, 5 de marzo de 2013

Un melocotón. Un higo


Historias de viejos
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Y de postre, tu favorito, un melocotón- comenta Jonás.

La mano de Jonás entra en la terraza y, estirando el brazo, deja sobre la mesa un  melocotón que la vieja compró a otra menos vieja que tenía un puesto de fruta en la carretera que pasa cerca de su casa.

Hace una semana, la vieja quiso ir a la iglesia y Jonás la llevó en su coche. En el camino, se encontraron con otra menos vieja que agitaba las manos que, a su vez, sostenían dos bolsas de melocotones que vendía por el precio de una.  ¡A dos euros, dos bolsas de melocotón a solo dos euros señoras! -gritaba la menos vieja. La vieja, que iba sentada en la parte de detrás del coche, no dejó de ametrallar los oídos del joven hasta que este dio un volantazo y se paró en el arcén de la carretera.


Está bien, compremos melocotones -terminó diciendo Jonás.

Hace ochos años que Jonás cuida a ancianos y más de cuatro que  cuida a la vieja y a su marido; sabe que ignorar los caprichos de ella puede provocarle un despliegue de lloros de lo más variado. La vieja es capaz de llorar de siete formas diferentes: con gemidos, con aspiraciones profundas de mocos, con lágrimas, sin lágrimas, entonando una melodía, con ahogos y tos seca, y como lo hace un niño cuando su padre le pega un bofetón para que cierre la boca: con un silencio felino.

Pero, este melocotón está frío -dice la vieja.
Yo quiero un higo -dice el viejo.
Yo también prefiero un higo, el melocotón está frío -añade la vieja.
Pero, el higo también está frío -dice Jonás.


Hace una semana que la vieja quiso melocotones y hace siete días que la vieja repite este diálogo. La vieja y el viejo rondan los setenta y cinco años. Llevan más de cincuenta años casados y los últimos treinta los han vivido en esa casa, en esa terraza. No importa que haga frío, que llueva, que caiga granizo o que el calor derrita el asfalto: ellos siempre desayunan y comen en esa terraza minúscula. Uno enfrente del otro. El mismo par de sillas, la misma mesa y mantel de cuadros que la madre de la vieja les regaló el día de su boda. Ahora, la vieja apenas cabe en la silla: su cuerpo se encaja en ella como pieza de puzle. En más de una ocasión, Jonás ha tenido que tirar de ella y sacarla como si fuera un corcho de botella de cava. Pero la silla no se queja, no dice nada, solo soporta lo que le ha tocado vivir.

¿Más remolacha? -pregunta Jonás a la vieja.
No.

¿Más remolacha? -pregunta Jonás al viejo.
Sí.

Yo ahora no, pero luego comeré más -se apresura a decir la vieja, mientras traga sin masticar un pedazo de chorizo colorado y fija sus ojos en lo que queda de remolacha. Jonás respira hondo y calla.

El viejo termina su comida y pide un higo. Jonás mira a la vieja. Ella levanta la vista de su plato vacío y dice: yo, melocotón. Se ha olvidado de la remolacha. Limpiándose la boca con la mano, confiesa que le hace ir suelta al baño y que esta mañana se ha levantado con las tripas revueltas. Jonás vuelve a respirar, esta vez despacio, muy despacio; y muy hondo, todo lo que sus pulmones le permiten. A veces, su vocación no le alcanza. A veces, esa necesidad que tiene de cuidar del prójimo, de rellenar los huecos que otros han dejado de cubrir no le alcanza para soportar a la vieja. De la cocina trae un melocotón y un higo.

oEste melocotón está frío -dice la vieja-, quiero un higo.
Pero... el higo también está frío -dice Jonás.

La vieja y el viejo comparten el silencio; no discuten, lo dividen a partes iguales y lo consumen como les viene en gana. La vieja lo guarda para la tarde, cuando Jonás termina su jornada de trabajo y les deja solos. El viejo lo dosifica para que le alcance todo el día y toda la noche; cada tanto, guarda un cachito en el bolsillo, tiene miedo de que la noche le sorprenda sin reservas y no pueda soportarlo.

...endebe...

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