Cien euros por mis gemelos.
Cien roñosos euros por unos Benson & Clegg que a Fabiola
le costaron fortuna. Las casas de empeño son parásitos que chupan sangre
humana. A mí me acaban de sacar un par de litros. Cien euros y una
camisa de gemelos sin gemelos, ese es todo mi capital. Y un calor insoportable.
No me puedo quitar la chaqueta y apenas muevo los brazos: si no voy con cuidado
todos estos se enteran de la ausencia de mis “Benson”.
Después de levantar un
imperio inmobiliario y conducirlo durante más de tres décadas, aquí estoy,
esperando por la limosna del Estado; sentado en la esquina de un banco de
madera, compartiendo espacio con un par de desgraciados. Les doy ligeramente la
espalda, pero sus movimientos de brazos son tan exagerados que no consigo
perderlos de vista. Y encima no dejan de hablar: uno de ellos con el otro, y el
otro con alguien por el móvil. El brazo de hierro del banco de madera se me
clava en las costillas, las gotas de sudor hacen carreras en mi espalda y esto
no avanza. Prefiero estar aquí que en la sala de espera. Una suerte que pongan
un banco de parque en la entrada del INEM desde el que puedes ver cuándo es tu
turno. Una suerte haberlo encontrado vacío; vacío hasta que llegaron los
desgraciados que parlotean.
B25. Yo tengo el B70. Cada vez que suena el
timbre levanto la vista de mi blackberry y miro la pantalla
donde anuncian la letra, el número y la mesa disponible. Lo hago aunque avance
la letra A, la B, la C o la N. Parece que el INEM ha comprado todo el
abecedario. La última y única vez que me acerqué a estas oficinas no habían
letras, ni números; uno llegaba y resolvía su trámite sin tanta ceremonia.
Claro que también la situación, mi situación era muy distinta: en ese momento
llevaba con orgullo los contratos de mis diecisiete primeros empleados para
darles de alta en la Seguridad Social. Hoy, vengo a que me sellen la tarjeta
del paro para poder cobrar la miseria que el Estado considera que vale mis treinta
y cuatro años de trabajo.
Hace un par de semanas tuve
que llamar para pedir cita: 28 de agosto, a las 9:45 de la mañana. En mi agenda
lo anoté como “cita con el médico”; Fabiola suele husmear entre mis cosas y
prefiero que me interrogue por una cita extraña con un médico desconocido para
ella, a que descubra que hace seis meses que estamos arruinados. Prefiero
mentir a confesarlo. Y como iba al médico, me ha sugerido que me ponga mis Benson;
conoce mi terror a las batas blancas y sabe que llevarlos me hace sentir más
seguro, más valiente. Y ahora los tiene la sanguijuela de la casa de empeños y
yo tengo cien euros.
B26.
Levanto la vista de mi blackberry. Miro la pantalla y luego mis
ojos vuelven al mismo lugar. Mi mente hace cuentas. Cien euros, lo del paro, el
dinero de la cuota del club de golf y lo que me den por los palos… no son ni
dos mil euros. No llego. Ni siquiera me acerco a cubrir la hipoteca. La letra
del coche, la cuota del club, las clases de tai chi y boxeo de
Fabiola, el colegio de Amanda; voy a colapsar. El sudor aparece en mi frente,
pero no quiero subir los brazos para limpiarme, se verían mis no gemelos.
Los que me acompañaban en
el banco se han levantado; ahora discuten de pie. No los puedo ver, mis ojos
continúan clavados en la pantalla de mi teléfono, pero oigo sus gritos. Un
pitido agudo en mi oído izquierdo me hace descongelar mi
brazo derecho y agarrarme la frente. Tarde, mis no gemelos han quedado al
descubierto y el brazo de hierro del banco de madera cada vez está más
incrustado en mis costillas.
B27. Esta vez no levanto la vista, solo giro la cabeza y veo
el número.
B28. Vaya, parece que esto se anima. Me recompongo y mis
ojos vuelven a mirar la pantalla de mi blacberry; y mis no gemelos,
de nuevo, quedan semicultos por los puños de mi americana. Y no soy capaz de
extirpar de mis costillas el brazo de hierro del banco de madera que hace ya
una hora y media que soporta mi peso.
Respiro muy profundo y
enciendo mi móvil. El logo de Movistar aparece bailando al son
de una melodía que nunca he sabido eliminarla o quitarle el volumen. Es muy
poco discreta. Seis llamadas no contestadas, seis mensajes en el buzón de
voz y seis mensajes de texto. Todos de Fabiola. Los borro y activo el modo
“silencio”. Reviso mi mail: nada. Poco a poco todos han dejado de
escribir. En apenas seis meses esos apretones de manos acompañados de un
"no te preocupes, te llamaré la semana que viene" o "para lo que
necesites ya sabes dónde estoy" se han convertido en lo que son: tópicos
que nunca se cumplen y que encubren un “pobre hombre”, “está acabado, de esta
no sale” (...).
Ahora lo que miro fijamente
es la "M" de Movistar. No quiero apagarlo y escuchar la
puta melodía otra vez. Me doy cuenta de que estoy estrangulando a mi blackberry con
las dos manos. Si no fuera porque es imposible, diría que la "M" azul
de Movistar se pone morada y me suplica que
pare con sus dos patitas; juraría que se mueven.
B29. Le ha salvado el timbre. La "M" empieza a
respirar y recupera su azul popular. Sus patitas dejan de agitarse.
B30. Dos horas y media y todavía me faltan 40 timbres. Mi
camisa con no gemelos está empapada en sudor. Mis manos empiezan a sufrir los
primeros calambres y sostener el teléfono se hace cada vez más doloroso: tan
solo los pulgares y los índices de mis manos conservan algo de fuerza y lo
agarran a duras penas. Mis costillas reciben con mayor frecuencia pinchazos
agudos que me hacen contener la respiración durante dos o tres segundos.
B31. Ya no levanto los ojos. Ahora dirijo mi mirada hacia
mis no gemelos. No sé el tiempo que paso ahí, observando un ojal vacío, unos
puños desorientados. Lo que parece ser una lágrima salta de mi ojo y baja por
la mejilla uniéndose a la altura de la nariz con una gota de sudor que pasaba
por ahí. Está unión consigue que unan fuerzas y agarren velocidad. Juntas
llegan a la barbilla y utilizan mi prominente mentón para hacer un gran salto
al vacío: es tal la distancia que recorren, que alcanzan mi blacberry y
se estrellan contra la pantalla.
No pienso más. Bajo los
brazos: me quito mi americana y me remango. Mucho mejor.
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