lunes, 29 de julio de 2013

Cuando el tiempo no cura

El autobús del colegio me dejó enfrente de mi casa. Había sido el último día de clase para los de cuarto de EGB y solo pensaba que esa tarde comenzaba mis vacaciones de Semana Santa, y en que mis padres me esperaban en casa para irnos a la nieve. Subí las escaleras de los cuatro pisos de tres en tres escalones. Llegué a la puerta de casa con la lengua fuera, jadeando como un perro. 

Me apoyé en la pared para recuperar el aliento y llamé; del otro lado nadie me abrió. Insistí y pulsé el timbre durante treinta segundos que conté. Nada. Al final, no me quedó otra: me quité la mochila de los hombros,  busqué las llaves y abrí la puerta.

Mamá, papá,  ya estoy en casa –gritaba mientras los buscaba-, 
mamá, papá soy Andrea... ¿dónde estáis?

Fui a su habitación y la puerta estaba cerrada. Mis padres me habían enseñado a no entrar si no estaba abierta. Mamá, papá soy Andrea ¿puedo pasar?- dije en voz alta. De repente, salió mi padre:

Princesa, mamá ha tenido que salir por viaje de trabajo. 
Me pide que te diga que disfrutes de la nieve y que te quiere mucho. 
Vamos, recoge tus cosas; en diez minutos te espero fuera. 

Cerró la puerta de la habitación y se marchó. Vi cómo se guardaba una nota en el bolsillo del vaquero mientras se alejaba. Me quedé pensando, ¿qué decía esa nota que mi padre escondía?, ¿dónde estaba mi madre?

No tenía tiempo para cambiarme de ropa, así que fui a mi habitación, agarré el bolso que mi madre me había preparado la noche anterior, y salí de casa. Mi padre me esperaba con el coche en marcha en la acera de enfrente. Cerré el portal, me cargué el bolso al hombro y crucé la calle. En cuanto lo dejé en el maletero y me puse el cinturón de seguridad, mi padre arrancó el coche y no habló hasta que vimos la nieve.

Ninguno de los dos nombró a mi madre durante las vacaciones. Desayunábamos juntos antes de ponernos los esquís. Descendíamos las larguísimas pistas de nieve haciendo apuestas que yo siempre perdía. Todas las tardes, disfrutábamos de una taza de chocolate caliente al lado de la chimenea, mientras  nos reíamos recordando la última caída de mi padre o la cara de susto de la señora del pelo gris cuando, por sorpresa, le alcanzó una bola de nieve. Sin darme cuenta, durante esa semana, borré la escena de la puerta cerrada, borré la nota misteriosa, borré el silencio del viaje. Solo recordé que mi madre no había venido porque "había salido de viaje", viaje de negocios. Pobrecita –pensé-, lo que se está perdiendo.

Después de una semana de nieve regresamos a casa. Llegamos un domingo por la noche. Al día siguiente, yo tenía que ir a clase y mi padre a trabajar. Estábamos agotados por el viaje. No cené, un baño caliente es lo único que tomé antes de irme a la cama.

Mi padre y yo teníamos nuestras rutinas: yo iba al colegio, mi padre a su trabajo y, juntos, compartíamos los desayunos y las cenas. Los fines de semana veíamos películas en el cine, salíamos a comer, montábamos en bici, íbamos de compras. No nos separábamos. Las noches eran distintas. En la cama, sola, tapada hasta las orejas con el edredón y mirando al techo, me hacía miles de preguntas: ¿qué dice esa nota?, ¿dónde está mamá?, ¿por qué no vuelve?, ¿por qué solo yo la echo de menos?, ¿qué le pasa a papá?, ¿por qué no pregunta por ella?, ¿ya no la quiere? Preguntas que no tenían respuesta y que me acompañaban hasta que me quedaba dormida.

El mes de junio llegó, y con él, el día de mi cumpleaños. Diez años. Mi padre me despertó con un gigantesco elefante de peluche rojo que tenía un lazo dorado alrededor de la cabeza. Feliz cumpleaños princesa -me dijo mientras dejaba su regalo sobre mi estómago. Haciendo malabares para no tirar el elefante, me incorporé en la cama y me quedé mirándolo:

¿Dónde está mamá? –le pregunté-. 
Hace semanas que volvimos de la nieve y no ha vuelto… 
¿es que ya no me quiere? 

Su sonrisa desapareció y frunció el ceño. Bajó la mirada, tomó aire y lo soltó muy despacio:

Princesa -comenzó a decir-, hoy es tu cumpleaños, 
no pienses en esas cosas. 

Silencio. Abrí la boca para replicarle y me la tapó con su mano: vístete, que llegarás tarde. Se levantó del borde de mi cama y se fue a preparar el desayuno.

Mientras me ponía el uniforme decidí que ese día no cogería el autobús del colegio. Cuando mi padre se fuera, volvería a casa, entraría en su habitación y buscaría esa nota.

Escondida detrás del buzón amarillo de la acera de enfrente de mi casa,  vi cómo la vecina  besaba a su hijo -mi amigo Juan-, antes de que subiera al autobús. Luego arrancó y, en cuestión de segundos, lo perdí de vista. También vi como mi padre salía del garaje con su coche rumbo a su trabajo. Permanecí escondida quince minutos más. Después, crucé la calle y entré en mi portal. Subí las escaleras y abrí la puerta de mi casa.

Tiré la mochila al suelo y corrí hacia la habitación de mis padres. De nuevo la puerta cerrada. Esta vez  desobedecí y entré. Fui directamente a la mesilla de mi padre y revisé todos los cajones. Encontré un libro, unas gafas de lectura, una radio de bolsillo, unos pañuelos de papel, pero ni rastro de la nota. Dejé los cajones de mi padre y me fijé en el armario de mi madre. Lo abrí y las perchas estaban vacías. Mi corazón empezó a latir más deprisa y mis manos a temblar. Miré en sus cajones. Vacíos. No había ni rastro de sus cosas. Recorrí la habitación buscando cualquier cosa que  fuera de mi madre: revolví la cama, busqué en su tocador, tiré cajones al suelo. La llamé a gritos, lloré, di patadas.

El escándalo que monté alarmó a la vecina de enfrente, y no tardó ni un minuto en localizar a mi padre. No sé cuánto tiempo pasó hasta que sus brazos me rodearon y me llevaron contra su pecho. Caímos al suelo. Yo tenía la respiración fuerte y entrecortada y los ojos rojos de tanto llorar. Mi padre balanceaba su cuerpo suavemente, de izquierda a derecha,  y me abrazaba con fuerza. Yo le pregunté por mi madre, por la nota que escondió en su bolsillo, pero él tan solo tapaba mi boca con su dedo índice.

Cuando mi respiración fue tranquila, cuando dejé de llorar y cuando mi pulso se normalizó, mi padre me dijo: 

Princesa, perdóname, no sabía cómo contártelo. No quería que sufrieras. 
Tú mamá -la voz de mi padre temblaba, apenas era un susurro-, 
mamá se ha ido para siempre. 
Ese día, después de que te fueras al colegio hizo las maletas; 
me dijo que nos quería, pero que también quería a otra persona. 
Me dejó una nota en la que me decía que te amaba y te rogaba que algún día la perdonaras.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, los míos se secaron. Ya no tenía más lágrimas; no me quedaban gritos; no había más preguntas. Nada, no me quedaba nada dentro, mi madre se había llevado todo. 



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