viernes, 8 de marzo de 2013

Con los zapatos limpios


Son las once de la mañana. En una hora mi muestrario y yo tenemos que estar en la casa del hombre de negocios. Ya estoy en la gasolinera y ya he encontrado el dichoso camino de tierra. Me remango las perneras del pantalón del traje e inicio la caminata.

Mientras ando,  repaso cómo he llegado hasta allí: hace siete días me llamó el asistente de un posible cliente. No me dijo demasiado: tan solo me trasladó el enorme interés que había mostrado su señor por ver mi muestrario de telas, y que se trataba de alguien importante.

Ayer por la tarde me volvió a llamar. En  apenas treinta segundos me indicó cómo llegar a la casa: debía coger el 63 y bajarme en la gasolinera de las afueras de la ciudad. Allí, tenía que buscar el medidor de presión de las ruedas.

Recuerdo las palabras exactas del asistente:

"A su derecha, verá que sale un camino de tierra. Sígalo. Si va a paso ligero,  no tardará más de una hora en llegar. Sea puntual; un minuto tarde es demasiado tarde, y el señor detesta la impuntualidad. 
No lo olvide,  a las doce en punto.


¡Ah! Y no se salga del camino de tierra, le será imposible encontrar la casa".

Me fijo en mi reloj: las once y ocho. A primera hora de esta mañana llovía; ahora el cielo está despejado y parece que continuará así hasta la tarde.  Piso tierra seca en algunos tramos y húmeda en otros. Cada tanto tengo que esquivar algún charco.  El camino transcurre por el medio de una inmensa llanura; de vez en cuando, a unos cien metros de mí,  veo pastar a alguna vaca. El color tierra del camino contrasta con el verde del pasto que lo perfila por ambos lados. No me he cruzado con ninguna persona. En realidad, al margen de dos o tres vacas, no he visto nada que me indique que puedo estar cerca de la casa.  Mis pasos son largos y voy a buen ritmo: uno, dos, uno dos.

Vuelvo a refugiarme en mis pensamientos para no desesperarme con la búsqueda de la casa. Desde que comenzó la crisis, muevo mi tarjeta de visita casi por cualquier lugar: parabrisas de los coches que aparcan en la calle, tintorerías, gimnasios, casas de arreglos de ropa, academias de baile, guarderías. No sé cómo,  ni por qué contactó conmigo este señor de negocios, pero tengo una buena corazonada: él será el que termine con esta terrible racha de ocho meses en blanco a la que me tiene condenado esta maldita crisis.

Me echo la mano al bolsillo interno de la chaqueta y saco un montoncito de tarjetas; no puedo evitar sonreír al leer Las mil y una telas, la suya también la tengo ¡Llámeme! Ricardo de la Era, Director Comercial. Lo del cargo es una cuestión de marketing: no siempre interesa que el cliente sepa que soy el único empleado de la empresa. No siempre interesa que descubra que soy un simple intermediario: compro telas al por mayor y las vendo. Ese es mi negocio, o al menos lo era hasta hace poco menos de una año. Vuelvo a guardarlas.

Un dolor intenso en el  hombro derecho me devuelve al presente: el muestrario pesa demasiado. Lo dejo en el suelo y echo una mirada a mi alrededor: la misma llanura, el mismo verde del pasto,  el mismo camino tierra, los mismos charcos. Me aflojo la corbata y detengo la vista en mis zapatos. ¡Mierda! Cubiertos de polvo y con la suela llena de tierra pegada.

Miro el reloj: las once y media. A paso ligero y no se salga del camino, me dijo el asistente. He seguido a raja tabla estas dos premisas, pero, todavía,  ni rastro de la casa. Me cuelgo el muestrario en el otro hombro y siento como si millones de agujas se clavaran  en él. Lo dejo caer bruscamente. Vaya, no me queda ninguno sano. Vuelvo a mirar el reloj -que no se ha movida de y treinta-; luego,  miro el camino y el muestrario tirado en el suelo; luego, mis zapatos.


Analizo mi situación: treinta minutos para llegar. Las palabras del asistente vuelven a mi cabeza: “[…] un minuto tarde es llegar tarde […]”.  El camino está cada vez es más fangoso. Pienso que puedo andar por el pasto verde,  en paralelo al camino de tierra, y así evitar pisar los charcos -que cada vez son más números-. Pero, de nuevo las palabras del asistente: “no se salga del camino de tierra”. Olvido la idea.

Y treinta y dos. Reanudo la marcha arrastrando el muestrario. Mis pasos son cada vez más rápidos. Y cuarenta. En veinte minutos tengo que estar delante de mi cliente, debo estarlo.  Ya no pienso en nada. Solo camino y miro mis zapatos, cada vez más sucios. De repente, me paro en seco: tengo que limpiarlos.  No puedo llegar con este aspecto.

Me los quito; también los calcetines. Los utilizo para arrancar la tierra pegada de la suela y para quitar el polvo de los zapatos. Al terminar,  me doy cuenta de que es imposible que me los vuelva a poner: están húmedos y con barro. Me los meto en el bolsillo. Me calzo.

Y cuarenta y nueve. Ya no ando, corro. El muestrario sigue recorriendo el camino por el suelo y mis perneras remangadas han dejado de estarlo. Mis zapatos aciertan y pisan en el centro de casi todos los charcos del camino. Miles de gotas de arena y agua cubren  mis pantalones.

Los talones de mis pies sufren al estar en contacto directo con el cuero del zapato: una  pequeña herida empieza a sangrar. Las plantas de mis pies se pegan y despegan con las plantillas. La rozadura en mis talones se hace cada vez más insoportable: la sangre se seca convirtiéndose en una  especie de pegamento entre mi talón y el zapato; luego, al levantar el pie del suelo para iniciar otro paso, se despega bruscamente. Es como si me arrancaran  la piel a tiras. 

Y cincuenta y tres. Corro, corro, solo corro. Ni rastro de la casa; mis ojos van de derecha a izquierda buscando algo que rompa la monotonía de este camino y me anuncie que la casa está cerca. Nada.  Solo veo verde; ya, ni tan siquiera vacas. Para no perder el juicio fijo me pensamiento en el hombre de negocios y en  ese importante pedido de telas que firmaré en apenas siete minutos.

Y cincuenta y nueve.  Sigo corriendo. Las piernas pesan cada vez más; las heridas en mis talones se han convertido en cortes profundos. Siento como si mis pies ardieran dentro de mis zapatos. Mis pantalones están llenos de tierra; mi camisa sudada; he perdido la corbata.

En punto. Las doce. Suena mi móvil. Sigo corriendo.

Los doce y un minuto. Vuelve a sonar mi móvil. Dejo de correr y lo descuelgo: Ya es tarde - dice el asistente del otro lado-, adiós  señor De la Era, que tenga un buen día. Fin de la llamada.

¡¿Qué tenga un buen día?!, ¡¿eso es todo?!- grito una y otra vez mientras lanzo mi móvil lo más lejos que puedo.  Me doy la vuelta y miro mi muestrario: está en el suelo. Ya no distingo el color de la bolsa de ante que elegí esta mañana para llevarlo,  ahora está cubierta de tierra. Y abierta. 

Levanto la vista: un reguero de pedacitos de telas dibujan el último tramo del camino que he recorrido.

¿Doscientos metros?, ¿quinientos?, ¿un kilómetro?

Las lágrimas se escapan de mis ojos sin ningún control. Mis telas, mis preciosas telas. Me limpio la cara con la manga de la chaqueta y me cuelgo el muestrario en el hombro. Ya no siento dolor. Deshago el camino andado y voy recogiendo mis pedacitos de telas: de seda salvaje roja, de lino blanco, de lana fría negra. Mientras, voy pensando en buscar otro cliente;  pero antes,  debo volver a  limpiar mis zapatos.


...endebe...

jueves, 7 de marzo de 2013

Un pimiento rojo




Ahí estaba yo, tiesa como un palito. 
El patio del nuevo colegio era como una cancha de fútbol. 
Yo era el balón que se coloca en el círculo central 
y que espera que el jugador del equipo que no ha elegido lado de cancha lo patee.
****

Pues eso, como ese balón, con el insignificante detalle de que no había ni un solo jugador, ni siquiera un árbitro que justificara mi presencia en ese lugar.

Tenía diez años cuando mis padres decidieron cambiarme de colegio. Al principio la idea no me entusiasmó, pero cuando me enteré que llevaría uniforme me entraron ganas de darle mil besos a mi madre. Podría presumir de ropa nueva entre mis antiguas amigas, iría con falda todos los días, nunca más esos horribles pantalones marrones de pana ni ese chándal azul con rallas para ir al cole. Me pasé todo el verano imaginándome vestida a cuadritos escoceses rojos y grises; con un polo blanco y con un suéter de pico azul marino; calcetines por debajo de la rodilla a juego con el jersey y unos zapatos negros de cordones. Todo nuevo, y todo solo para mí.

Tener dos hermanas mayores casi de la misma edad y talla era mi desgracia: siempre heredaba ropa o tenía que compartirla con ellas. Bueno, compartir, compartir… ellas no compartían. Si hubiesen podido vestirse con tres pantalones a la vez lo hubiesen hecho. A mí siempre me quedaba lo que ese día no se ponían. Yo siempre miraba a mi madre esperando encontrar una aliada. Y con lo que me encontraba era con su frase favorita: "lo que hay en casa es de todos". Siempre decía lo mismo, siempre me dejaba con la boca abierta, sin poder contestar, sin poder reaccionar. Lo decía, daba media vuelta y zanjaba el asunto.

Pero todo había cambiado. Yo, y solo yo, iría a un colegio con uniforme. Tendría mi falda, mis calcetines, mi suéter, mis zapatos y mis polos blancos para  mí solita.

Terminaba agosto y en la televisión ya estaba El Corte Inglés anunciando la vuelta al cole.  Qué placer estrenar un cuaderno cuadriculado, un compás o una goma Milán. Y mi madre no podía negarse: la tutora le había dado una lista con todos los materiales que necesitaba para todo el curso y mi madre se tomaba muy en serio cualquier cosa que dijeran los profesores.

Con los libros era diferente: siempre había alguno que podía aprovechar de mis hermanas. No me quedaba otra que soportar ver los corazones que unían dos nombres que dibujaba mi hermana la mayor. Yo me pasaba una semana borrando los que estaban a lápiz, pero ella escribía con tanta fuerza que, pese a la goma Milán, siempre quedaba la marca o se emborronaba todo. Pero ese año, ni los corazones de mi hermana, ni sus veinte novios repartidos por los márgenes de las hojas me importaban; ese año solo pensaba en mi uniforme nuevo.

Por fin llegó el día de las compras: ni más ni menos que a El Corte Inglés, todo un lujo. La sección de uniformes era muy grande: faldas grises, azul marino, a cuadros verdes, con hebillas, con botones; jerséis de pico rojos, verdes, grises, azules. Yo me movía entre los pasillos que formaban las hileras de ropa; me imaginaba que estaba en un laberinto y que jamás encontraba la salida.

Mi madre hablaba con una dependienta. Le mostraba el papel que le habían dado en el nuevo colegio. La mujer lo leyó y se quedó un rato mirándolo. Yo ya estaba al lado de mi madre y por un momento temí lo peor: no había. Miraba hacia arriba intentado ver los ojos de esa señora que no decía nada. De repente, dijo “ahora vuelvo” y se perdió entre los metros de ropa que inundaban ese lugar. No sé cuánto tiempo pasó, pero mi madre no hacía más que mirar el reloj y decir que se le hacía tarde. A mí me daba igual, yo podría haber esperado un millón de minutos.

Mi madre se fue al baño. Me quedé sola. Volvió la dependienta.

¿Y tu  mamá? -me preguntó-. Antes de que yo pudiera contestar dijo: dejo aquí la ropa. Dile a tu madre que ahora vuelvo.

Y ahí estaba. Sobre una caja de cartón llena de perchas: una preciosa falda de cuadritos rojos y grises con dos hebillas negras en un lateral; un suéter de pico azul marino suave y brillante; calcetines, dos polos blancos, un par de zapatos. Me quedé con la boca en “o”. Un tirón en el brazo me avisó de que mi madre había vuelto.

Vamos a probarlo –me dijo.

No lo podía creer,  entrar en un probador como lo hacían los mayores era mi sueño. Iba a estar rodeada de espejos: me podía ver de perfil, de espaldas, de enfrente. Lo había visto en las películas: la chica se probaba los vestidos, giraba para ver cómo volaba la falda y subía los cuellos de las camisas al tiempo que ponía caras sexis y se miraba al espejo.  Mientras,  la madre le decía lo guapa que estaba y le animaba a llevarse todos los modelitos.

Mi primera experiencia en un probador fue muy diferente a la de la chica de la película: tirones de pelo para sacarme el polo blanco; vueltas sobre mi misma para que mi madre viera cómo me quedaba la falda –pero sin vuelo, muy despacito para que pudiera examinar que no tenía ningún hilo suelto-; un date prisa y estate quieta que me ordenaba mi madre cuando yo intentaba hacer volar la falda o me miraba al espejo para ver lo guapa que estaba.

De nuevo con mi ropa. Aparté la cortina del probador y salí tambaleándome. La coleta con la que había salido de casa se había deshecho y los mechones me cubrían la cara. Me los aparté y vi que mi madre ya estaba en la caja con la dependienta.  Me acerqué para escuchar lo que decía esa señora: No estará para este lunes. Lo  estará para el siguiente lunes. ¿Para el siguiente? ¿¡¡Qué me iba a poner yo hasta el siguiente?!! Mamá, mamá- le grité-, pero ella me hizo un gesto para que me callara y yo obedecí.
****

Una falda roja por debajo de la rodilla, un jersey de cuello vuelto gris y mis viejos zapatos azules de hebilla es lo que llevé. 
Y leotardos rojos. 

A las siete y media de la mañana mi madre me dejó en el colegio nuevo. El patio que parecía un campo de fútbol estaba lleno de faldas a cuadros grises y rojos. Todas reían, se contaban su verano, movían los brazos como si espantaran moscas. Yo no. Yo estaba tiesa como un palito. Y encima estaba en el medio. Y encima de rojo. Parecía el centro de una diana. Ninguna niña con uniforme se acercaba. Me miraban y pasaban por mi lado sin rozarme, como si manchara.

A través de un altavoz alguien empezó a llamar a las clases: 1º A,  al aula C4; 1ºB, al C6. En cuanto terminaba de decir la clase, muchas faldas salían corriendo; iban riéndose y gritando de la emoción. Llegó la mía: 5º D, al aula F8. Yo no salí corriendo, ni reí, ni grité por la emoción. Yo  no me moví.

Por fin la señora del altavoz se calló. No quedó nadie en el patio. Bueno, sí, yo. El pimiento rojo con cuello vuelto. Apreté los dientes, pegué mis brazos a mi cuerpo y juré no subir a ninguna clase. Odié a la señora de El Corte Inglés, odié a mi madre. Odié ese nuevo cole.

...endebe...

martes, 5 de marzo de 2013

Un melocotón. Un higo


Historias de viejos
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Y de postre, tu favorito, un melocotón- comenta Jonás.

La mano de Jonás entra en la terraza y, estirando el brazo, deja sobre la mesa un  melocotón que la vieja compró a otra menos vieja que tenía un puesto de fruta en la carretera que pasa cerca de su casa.

Hace una semana, la vieja quiso ir a la iglesia y Jonás la llevó en su coche. En el camino, se encontraron con otra menos vieja que agitaba las manos que, a su vez, sostenían dos bolsas de melocotones que vendía por el precio de una.  ¡A dos euros, dos bolsas de melocotón a solo dos euros señoras! -gritaba la menos vieja. La vieja, que iba sentada en la parte de detrás del coche, no dejó de ametrallar los oídos del joven hasta que este dio un volantazo y se paró en el arcén de la carretera.


Está bien, compremos melocotones -terminó diciendo Jonás.

Hace ochos años que Jonás cuida a ancianos y más de cuatro que  cuida a la vieja y a su marido; sabe que ignorar los caprichos de ella puede provocarle un despliegue de lloros de lo más variado. La vieja es capaz de llorar de siete formas diferentes: con gemidos, con aspiraciones profundas de mocos, con lágrimas, sin lágrimas, entonando una melodía, con ahogos y tos seca, y como lo hace un niño cuando su padre le pega un bofetón para que cierre la boca: con un silencio felino.

Pero, este melocotón está frío -dice la vieja.
Yo quiero un higo -dice el viejo.
Yo también prefiero un higo, el melocotón está frío -añade la vieja.
Pero, el higo también está frío -dice Jonás.


Hace una semana que la vieja quiso melocotones y hace siete días que la vieja repite este diálogo. La vieja y el viejo rondan los setenta y cinco años. Llevan más de cincuenta años casados y los últimos treinta los han vivido en esa casa, en esa terraza. No importa que haga frío, que llueva, que caiga granizo o que el calor derrita el asfalto: ellos siempre desayunan y comen en esa terraza minúscula. Uno enfrente del otro. El mismo par de sillas, la misma mesa y mantel de cuadros que la madre de la vieja les regaló el día de su boda. Ahora, la vieja apenas cabe en la silla: su cuerpo se encaja en ella como pieza de puzle. En más de una ocasión, Jonás ha tenido que tirar de ella y sacarla como si fuera un corcho de botella de cava. Pero la silla no se queja, no dice nada, solo soporta lo que le ha tocado vivir.

¿Más remolacha? -pregunta Jonás a la vieja.
No.

¿Más remolacha? -pregunta Jonás al viejo.
Sí.

Yo ahora no, pero luego comeré más -se apresura a decir la vieja, mientras traga sin masticar un pedazo de chorizo colorado y fija sus ojos en lo que queda de remolacha. Jonás respira hondo y calla.

El viejo termina su comida y pide un higo. Jonás mira a la vieja. Ella levanta la vista de su plato vacío y dice: yo, melocotón. Se ha olvidado de la remolacha. Limpiándose la boca con la mano, confiesa que le hace ir suelta al baño y que esta mañana se ha levantado con las tripas revueltas. Jonás vuelve a respirar, esta vez despacio, muy despacio; y muy hondo, todo lo que sus pulmones le permiten. A veces, su vocación no le alcanza. A veces, esa necesidad que tiene de cuidar del prójimo, de rellenar los huecos que otros han dejado de cubrir no le alcanza para soportar a la vieja. De la cocina trae un melocotón y un higo.

oEste melocotón está frío -dice la vieja-, quiero un higo.
Pero... el higo también está frío -dice Jonás.

La vieja y el viejo comparten el silencio; no discuten, lo dividen a partes iguales y lo consumen como les viene en gana. La vieja lo guarda para la tarde, cuando Jonás termina su jornada de trabajo y les deja solos. El viejo lo dosifica para que le alcance todo el día y toda la noche; cada tanto, guarda un cachito en el bolsillo, tiene miedo de que la noche le sorprenda sin reservas y no pueda soportarlo.

...endebe...

lunes, 4 de marzo de 2013

La Habitación del fondo


De: La prima
Para: Mi querida Prima del alma
Asunto: Tu Leonor
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Estimada prima Felisa:

Te devuelvo a tu Leonor. Viaja al pueblo en el autobús de las cuatro de la tarde, cuando mi hijo Juanito regrese de la fábrica y los huéspedes marchen a sus quehaceres diarios. La niña te la devuelvo muda como llegó, y con la maleta azul con la que la mandaste. En el bolsillo del abrigo lleva el jornal del último mes de trabajo, que si bien no ha sabido mantener las piernas cerradas, limpiando y haciendo camas es muy cumplidora.  Te la devuelvo con algún quilo demás que, si mis cálculos no me engañan, perderá en cuestión de semanas.

Prima, no te afijas por lo que lees en esta carta, tu niña que no habla es curiosa como el que descubrió las Américas;  y la curiosidad mató al gato;  y la niña no tiene nada de lista, pero sí de fisgona. Y la desgracia, que es caprichosa,  ha querido que tu Leonor nos salga mula tozuda para lo que le viene en gana. Y lo que le viene en gana mató al gato y puede que haga lo mismo con tu Leonor.

La niña no paró hasta abrir la puerta que estaba cerrada con llave.  Una llave que siempre llevo encima, escondida entre mis enaguas, y que solo pierdo de vista cuando duermo. Porque una vez dormí con ella y me la clavé en el muslo y me tuvieron que dar dos puntos en la casa de socorro. Yo dejo un ojo abierto cuando el sueño me vence, pero esa noche el ojo quedó cerrado y tu Leonor entró en mi alcoba con pies de lana y me robó la llave.

Y ya te digo que lo que mató al gato matará a tu hija y a ti del disgusto.

Aprovechó que yo dormía sin el ojo vigilante, faltó a su promesa, y abrió la puerta de la habitación del fondo. Esa que nunca abro. Esa que todas las noches, cuando mis huéspedes duermen, mi Juanito visita con un plato de comida -comida que sobra, comida que ni la rata se come-. Esa que, antes de que amanezca, mi Juanito visita para retirar el plato de comida, que según me cuenta, apenas se toca. Porque mi Juanito tiene una llave que lleva como la vaca a su marca. Y tu niña que no habla conoció el secreto de esta familia: el huésped de la habitación del fondo es mi marido, el viajante, el que hace dos años murió en algún pueblo de la región cuando una roca perdida fue a chocarse con su cabeza, con la mala fortuna de abrírsela como un melón.
¡Ay, mi querida prima del alma! Esta es la historia que cuento a mis huéspedes y a los del pueblo, y la que te conté en su día. Y la que tu niña muda también escuchó. Pero la verdad es que marido perdió la cordura: algo que comería en alguno de esos pueblos que visita vendiendo telas, algo que cualquier fulana le pegaría intentando darle placer.

Una noche mientras dormía, marido dejó su cama y se metió en la mía. ¡Ay Felisa! Dios quiso que estuviera borracho y no manejara los dedos con soltura; que yo, cuando me visto para dormir, no olvido abrochar hasta el último botón del camisón y llevar bombachas altas. Ay de mí, que cuando no pudo entrar por abajo se me lanzó encima. Me mordí el labio para no gritar y despertar a los huéspedes y con la mano que me dejó libre agarré el Cristo de la mesita – el que beso cada noche-,  y le propiné un buen golpe. Tan bueno fue, que marido dejó de jadear y de apretar mis muslos. Todavía respiraba, pero se había quedado blando y pesado.  Fui en busca de mi Juanito.

A la mañana siguiente,  la habitación del fondo amaneció cerrada con llave y con marido dentro. Mi Juanito dice que quedó tonto por tanto vino. Que el demonio lo tiene dentro y que Dios le ha castigado por la mala vida que me daba. Que no fui yo quien golpeó a marido, no, que fue la voluntad de Cristo. Que lo tiene atado por pies y manos al camastro y que mira con ojos de loco. Yo no lo sé, no me atrevo a entrar. Yo solo pego la oreja a la puerta de la habitación del fondo de tanto en tanto, para ver si habla. Pero nada.

¡Ay, prima! Que marido tiene la voz para adentro como tu Leonor. Y yo no sé si eso les hizo entenderse, pero el caso es que lo hicieron; y por eso tu niña se quedó con la llave. Tomó  por costumbre visitar a marido todas las noches y darle la cena. Yo la dejé, pero vigilaba detrás de la puerta; aunque como a los dos les comió la lengua el gato, no  se oía nada. Y el plato de comida regresaba vacío.

Y como tu Leonor mantuvo la boca cerrada y su faena al día, no me importó que pasara las noches con marido. Y como los huéspedes no sospechaban nada, dejé que estuvieran a solas en la habitación del fondo. Pero tu niña que no habla es curiosa como gato. Y yo no sé que le queda a marido entre las piernas, pero a tu niña le llamó la atención y como fisgona que es, quiso probarlo.

Y lo probó, y vaya si lo probó. Porque le empezaron a estallar los botones de la blusa y a reventar la cremallera de la falda. Y yo pensé que estaba engordando por lo mucho que engullía, y le escondí el dulce de membrillo. Pero tu niña que no habla seguía hinchándose como lo hace el pan cuando levanta. Y los huéspedes empezaron a murmurar. Y más de uno dejó la habitación.  Y eso me hizo perder dinero, y ya sabes que si no hay huéspedes no hay cuartos,  y sin cuartos no hay jornal y sin jornal no te dan pan. Y lo que se dice en la región es que a la niña la han preñado.

¡Ay,  mi prima del alma! Espero que entiendas mi zozobra. Que a tu Leonor la ha preñado su mala cabeza;  que te la devuelvo porque con una desgracia en la familia tengo bastante;  y porque la curiosidad mató  al gato y matará a tu hija  y a ti del disgusto,  mi prima del alma.


...endebe...