martes, 24 de septiembre de 2013

Fraude y Periodismo, ¿una pareja de hecho?

“Érase una vez,  una joven periodista de color que con apenas 26 años escribió un artículo
para el longevo y prestigioso diario estadounidense The Washington Post.
Y el 28 de septiembre de 1980 su artículo,  “Jimmy's World”,
apareció en la primera página del rotativo.
Y el 13 de abril de 1981, Janet Cooke –que así se llamaba la joven–, 
recibió el `Premio Pulitzer´ por su historia.
Y fue aclamada en el reino
Y su periódico le recompensó con un ascenso(…)”.
****

¡Brillante!, ni Mike Nichols con sus Armas de mujer pudo mejorar este guión. ¿Guión?,  ¿película?...  ¿no era periodismo de lo que hablábamos? -os preguntaréis- . Pues sí,  o al menos eso es lo que creyeron los ciudadanos que leyeron el artículo de Mrs. Cooke y que pensaron que conocían al pequeño Jimmy o que sabían de casos similares. O los que, incluso, tras su lectura, exigieron al Post que la periodista revelara más datos sobre el niño para poder ayudarlo.

La conmoción en la ciudad de Washington, en particular, y en Estados Unidos, en general, fue doble: con la lectura del artículo  en un primer momento, y con la constatación del fraude cometido por la periodista, meses después.

“Y el 17 de abril de 1981 The Washington Post admitió que la historia del pequeño Jimmy
era un montaje, una ficción”.
****
Creo que difícilmente se podría haber hilado más fino para referirse al premiado artículo de Cooke: una FICCIÓN. Como dice García Márquez “no habría sido justo que le dieran el "Premio Pulitzer" de periodismo, pero en cambio sería una injusticia mayor que no le dieran el de literatura”.

“Y la joven periodista fue obligada a devolver el galardón y a presentar su dimisión.
Y la prensa estadounidense quedó herida de muerte.
Y el ejercicio del periodismo fue causa de debate en el reino: conceptos como “secreto profesional”, “fuentes anónimas”, “veracidad”, “rigor”, “objetividad”, “ética periodística”, “profesionalidad”, etc., volaban en todos los corrillos que atiborraban los pasillos de palacio.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado”.

-The End-


Implicaciones éticas y profesionales del trabajo de Janet Cooke

Me niego   a hablar de profesionalidad al referirme a Janet Cooke. Le queda grande. Un periodista es profesional cuando lo que cuenta se ajusta a la realidad; cuando su principal y único fin es apegarse lo máximo posible a esa realidad para poder transmitirla a la ciudadanía. Cuando asume la responsabilidad -por su repercusión social y su poder de generar opinión-,  que le otorga el ser el “contador de las historias” que suceden en el mundo. Cooke estuvo “pegada” a una mentira desde el principio. Nunca rozó, tan siquiera, la profesionalidad.

De un periodista me atrevería a cuestionar, tan solo, su “profesionalidad” si no estuviese del todo claro:
  1. Que se ha hecho un buen manejo de fuentes empleadas: calidad y cantidad.
  2. Que se han protegido las fuentes: secreto profesional .
  3. Que ha habido rigor periodístico: en la recopilación de datos, en la confirmación, contrastación, en la redacción de los textos (selección de las palabras).
  4. Que no ha existido presiones de los poderosos: ¿Qué publicar y qué no?
  5. Que se ha obtenido el respaldo de editores y directivos.
  6. Que se ha respetado a todas las personas: no convertir el periodismo en una caza de brujas o en una fábrica de historias de lágrima fácil.
  7. Que no se ha caído en una trampa, en un posible engaño.
  8. Que se ha dudado: las pruebas, los testimonios pueden ser falsos. Dudar disminuye el riesgo de ser “timado” y mantiene alerta a los periodistas. 
  9. Que ha existido, siempre,  un comportamiento ético. La ética periodística implica:
  • No pagar por información.
  • Identificarse como periodistas.
  • No hacerse pasar por otra persona.
  • No descubrir a las fuentes.
  • Precisión y confirmación de los datos.
  • Prudencia y serenidad en todo momento.
  • Ser claros a la hora de obtener información.
  • No violar la ley.
Pero, en el caso de Cooke, ¿qué vamos a cuestionar de la profesionalidad de una periodista que desde el minuto cero de su investigación miente? Y ahora que lo pienso, ¿qué "investigación"? Ninguna; Janet Cooke INVENTÓ su historia. Lo comprobamos juntos:
  1. No habían fuentes que manejar, ni que proteger. Aunque su mentira fue tan pensada, meditada y cuidada que Janet se cubrió las espaldas alegando “secreto profesional” para no revelar sus (inexistentes)fuentes; incluso inventó estar amenazada por narcos para blindar más su mentira. En boca de sus jefes del periódico, la periodista “abusó de su confianza” (eso dijeron ellos, pero yo me inclino a pensar que ellos quisieron creer esa historia a toda costa).
  2. No hubo rigor porque no había historia veraz que contar.
  3. No existió la presión, y fue respaldada por editores y directivos del periódico porque creó una realidad mediática perfecta para ser publicada.
  4. No hubo personas a las que respetar porque inventó a sus personajes. Su falta de respeto fue, en general, a todas las personas que creyeron en su historia.
  5. No cayó en la trampa, ni en el engaño porque decidió ser ella la que protagonizase el papel de mentirosa.
  6. Y, por supuesto que no dudó (¡¿para qué?!).
  7. Y por último, su ética periodística. Tampoco es cuestionable: no existió. 
Y en este último punto es donde me gustaría hacer hincapié. De la millones de definiciones de ética periodística que uno puedo encontrar, recojo la que escribe el profesor G. Galdón López en el  manual Deontología Periodística: “conjunto de convicciones, criterios operativos y acciones que fundamentan y configuran la realización de la tarea informativa de acuerdo con la dignidad del propio periodista y con el respeto y cumplimiento de la naturaleza y finalidad del periodismo al servicio de los ciudadanos”(Cap 3, 27).

Janet hizo saltar todas las alarmas, violó todos los códigos. Quizá engañó a su conciencia con la firme convicción de que la presión a la que estaba sometida por sus jefes en el diario justificaría su mentira. Quizá nunca pensó que su “historieta” llegaría tan lejos. Quizá no se le pasó por la cabeza que los miembros del jurado del Premio Pulitzer pensarían en su artículo para otorgarle el galardón. Quizá no valoró el impacto que provocaría en la sociedad un relato tan desgarrador como el que describía en su artículo.

Si las convicciones, criterios y acciones que fundamentaron y configuraron la realización de la tarea informativa de Cooke (informar sobre el mundo de Jimmy) estaban en consonancia con su propia dignidad y con el respeto y cumplimiento y finalidad del periodismo al servicio de los ciudadanos… Si eso fue así, ¿qué moral, ética o dignidad manejaba esta periodista? Contaba con algunos informadores que le hablaban de la existencia de estos niños drogadictos pero Janet no dio con ninguno. Y la redacción del Post presionaba para que escribiera sobre esos niños. Y escribió una mentira. Y no se conformó con un relato aséptico, correcto. No; imprimió un dramatismo en las expresiones que empleó, digno del mejor literato: 
“Él (amante de la madre del niño) agarra el brazo izquierdo de Jimmy justo debajo del codo, con su manaza cubriendo el fino miembro del niño”, “la aguja se deslizaba por la suave piel infantil como una paja insertada en un pastel recién hecho. El líquido salía de la jeringa, siendo reemplazado por brillante sangre roja, reinyectada después al niño”. 
El nivel de detalle de su relato, la elección de los adjetivos y su colocación; el ritmo, el tono… todo concienzudamente escogido para remover conciencias, llegar al alma de los lectores y dar credibilidad a su historia. ¿Quién podría poner en duda un relato tan dramático y tan lleno de detalles? ¿Quién sería capaz de no conmoverse con la historia del pequeño Jimmy? Una madre que permite que su amante introduzca a su hijo en el mundo de las drogas y que deja que se inyecte (…). La frialdad de la periodista a la hora de redactar su artículo choca con el dramatismo que desprende la historia que relata.

Y si a alguien se le ocurría “dudar” y preguntar por sus fuentes, ahí estaba el siempre socorrido “secreto profesional” que es un derecho del periodista -a la vez que un deber- que garantiza la confidencialidad de las fuentes de información. Janet se quedó con el “derecho” y se olvidó del “deber”.


Despido de Janet Cooke

Si solo tenemos en cuenta la actuación de Janet Cooke, podemos concluir que despedirla fue una decisión que se adecuó a la gravedad de sus actos. Y que se hizo “justicia”. Es decir, existió conveniencia en el despido de la periodista. Y yo me pregunto, ¿solo Janet fue responsable de este fraude?, ¿solo la joven periodista cruzó la delgada línea que le colocó en el plano de lo no ético ni profesional?, ¿en qué lugar queda la actuación del periódico?, ¿y de los miembros del jurado del "Pulitzer"? Embriagados por la fuerza del artículo no aplicaron la serenidad, ni la prudencia a la hora de valorar el artículo de Cooke. Borrachos de emoción, de ambición y de entusiasmo se olvidaron de su ética periodística.

Mi opinión personal es que todos fueron actores que lograron crear el clima perfecto para que una joven y ambiciosa periodista mordiera la manzana; pese a su formación como periodista, pese a su currículum –que más tarde se confirmó que contenía datos falsos, por lo que podemos pensar que su ética ya estaba afectada por su descomunal ambición-, pese a que sabía distinguir lo bueno de lo malo, pese a todo, escribió un artículo falso. Pese a que le avisaron que si hincaba el diente en la manzana se le expulsaría del "Paraíso", Cooke se comió la fruta prohibida hasta no dejar ni el hueso.

Por todo esto y llegados a este punto, me gustaría que mirásemos juntos la historia con otros ojos. Que dirigiéramos nuestra mirada hacia otro lugar, hacia el otro “actor” de la escena: hacia la dirección del periódico. De esta manera, quizá, descubramos que la actuación del Washington Post, en el caso de Janet Cooke,  tuvo más sombras que luces. Veamos  algunos de los puntos más importantes:

La contratación de Janet podría responder más a una estrategia de imagen, que a un propósito de contar con una plantilla de calidad. El Post necesitaba ganar puntos en la batalla que mantenía con la competencia –Times o Newsday- respecto al porcentaje de contratación de personal femenino y de minorías raciales en su redacción. Janet Cooke era perfecta: negra, mujer y con un buen currículum. O al menos, eso parecía.

El periódico defendió a su reportera,  pese a que los rumores sobre la posibilidad de que Cooke se hubiera inventado el personaje de Jimmy crecían,  a raíz de que se iniciara una investigación para buscar al niño. La policía cada vez encontraba más incongruencias en el relato de la periodista; nada tenía sentido. Mientras,  aumentaba la indignación popular, que exigía a la periodista que facilitara las fuentes para poder encontrar al pequeño.

Aún con este panorama, el Washington Post se mantenía a fierro al lado de Janet. A su lado,  hasta que la reportera recibió el Premio Pulitzer por su artículo, “Jimmy´s World”. Fue entonces cuando todo estalló: los editores del Post se enteraron de que Cooke había mentido en su currículum vitae.  Y fue en ese preciso momento cuando exigieron a la periodista que aportara pruebas sobre la existencia de Jimmy.

Increíble. Casi un año después de haber publicado el artículo se les ocurrió “ser profesionales” y trabajar con “ética profesional”: verificar que la historia era real, que había sucedido tal cual rezaba en el artículo, que no contenía datos falsos, etc. Y, probablemente, movidos más por el miedo al escándalo –inevitable por otro lado-,  que por un “ataque de profesionalidad”, no pararon hasta conseguir que Janet confesara. Y Cooke admitió que su historia era inventada e inmediatamente dejó de pertenecer a la plantilla del diario que le había protegido –incluso ascendido-, hasta ese momento.

Por supuesto que considero que el periódico actuó bien al despedir a la reportera; la ética periodística, la moral y la conciencia obligaban a ello. Pero los directivos del periódico y la redacción solo estaban intentando apagar un fuego que no supieron prevenir.  No les quedaba otra.

La ambición, la competencia, el galardón, la notoriedad, el prestigio -cualquier cosa menos estar al servicio de los ciudadanos- habían formado el motor de la redacción y la dirección del Washington Post; dirección que eligió publicar la historia de Jimmy –sin exigir un mínimo de pruebas que avalaran la historia-, y que eligió creer a ciegas a su reportera desoyendo a la policía y a todo aquel que le hiciera dudar de la historia.

La nota que púbico el periódico disculpándose frente a sus lectores no mermó la humillación sufrida por el Post ante el Comité del "Premio Pulitzer" –su periodista tuvo que devolver el galardón-, ni la herida que causó este escándalo en la confianza y la credibilidad del rotativo.


miércoles, 28 de agosto de 2013

El Gran Carnaval: cine, ética y periodismo.

Ace in the Hole es una bofetada para el espectador. Billy Wilder convierte la pantalla del cine, o el plasma de tu salón, en un gran espejo. Y quiere que te mires; que observes la imagen que te devuelve; que le digas qué ves y a quién ves. Y, finalmente, que le cuentes si te gusta lo que ves.

Y llega el The End y Billy te pregunta:
¿Qué has visto?
Y tú, que no puedes hablar porque tienes la voz para adentro, piensas:
¿Que qué he visto me preguntas, Billy? (…) ¡A mí!!, ¡Dios mío, a mí!

El Gran Carnaval es una cruel y sangrante puesta en escena que pone al descubierto los más miserables instintos del ser humano. Instintos que pueden ser los tuyos, los míos, los del que se sienta a tu lado.

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Es domingo por la tarde y te acabas de comprar una entrada de cine: ocupas tu butaca y esperas. La sala se vuelve a negro en segundos, y sin darte cuenta, pasas a formar parte de ese público que espera ansioso que empiece el espectáculo.

La película no tarda en contarte que el protagonista, Charles Tatum, es un tipo sin escrúpulos que practica un periodismo deshonesto. De alguna forma, su manera de ejercer la profesión provoca que aflore la parte más oscura de los que le rodean: su ambición, su egoísmo, su falta de ética, su falta de moral. La finalidad del periodismo sensacionalista es el lucro, y Charles es un virtuoso del amarillismo. Su gusto por el alcohol y por la mujer del prójimo, sumado a su falta de ética profesional,  ha provocado su despedido en los rotativos más importantes del país. Sin nada que perder y de forma casual, encuentra trabajo en un periódico de Alburquerque, Sun Bulletin, en Nuevo México. Pero pasan los meses y Charles se desespera: no encuentra esa historia que le devuelva a la cima.

Y, por fin, la historia llega; y Tatum no la deja escapar: la exprime hasta ahogarla. El periodista se entera de que un indio, Leo Minosa, está atrapado en el fondo de una mina. Dispuesto a sacarle partido al incidente -y de paso vengarse de los que le despidieron restregándoles por la cara la primicia de la noticia-, consigue que el sheriff y el contratista elijan el modo más lento para llevar a cabo el rescate. De necesitar unas horas, pasan a requerir seis días para sacar al indio del agujero. A partir de este momento, Tatum monta un espectáculo repugnante, supuestamente con una intención informativa, que le brinda la posibilidad de volver a ocupar las primeras páginas de los periódicos.

Alrededor del periodista revolotean unos personajes que intentan sacar provecho de la situación. Leo, ¡pobre infeliz!, delira y cada vez ve a la muerte más cerca; el periodista monta el circo; y mientras, ¿qué hace el resto? Lo vemos:

La esposa, Lorraine Minosa: mujer amargada que regenta el bar de carretera. Detesta el lugar en el que vive, a su marido y la situación en que la tiene. El circo que ha montado Charles alrededor del accidente de su marido, lejos de molestarle, se ha convertido en su oportunidad para abandonar esa vida que tanto odia: desde que los periódicos publican los artículos de Tatum, todos quieren conocer a ese indio que cree que los dioses le han castigado por querer robarles y que , por ese motivo, han provocado el derrumbe de la mina. Y su solitario bar de carretera, ahora factura cientos de dólares. Se deja manipular por el periodista para huir lejos de allí.

El sheriff local, Gus Kretzer: hombre corrupto que ansía ganar las elecciones. No es difícil para el periodista convencerle de que esa historia, cuanto más dure, más beneficiosa será para sus aspiraciones electorales.

El capataz: presionado para que mantenga más días atrapado a Leo Minosa, al final, es persuadido con cierta facilidad: el sheriff le promete adjudicaciones de obras en el futuro. El plan de Tatum marcha sobre ruedas.

Leo Minosa: el indio sepultado. Buscador ilegal de objetos arqueológicos. Enamorado de su esposa. Es el “producto” del periodista, por eso, Charles se gana su confianza y se hacen “amigos”. El pobre Leo termina creyendo que los dioses le han castigado, que su mujer le ama y que Tatum es su fiel amigo. Un infeliz. El tonto necesario para montar cualquier “circo”.

Los padres de Leo: el padre deambula triste por el “circo” que se ha montado en torno a su hijo; la madre reza todo el día. Son los únicos personajes del film que, realmente, sufren por lo la situación de Leo, su pobre hijo.

Jacob Boot: la única persona íntegra en este “gran carnaval”. Director del Sun Bulletin. Su lema, “Di la verdad”, y modo de entender el periodismo es ridiculizado por el periodista.

Los visitantes: la noticia “fabricada” por Tatum produce un efecto de “bola de nieve”. Los periódicos de todo el país colocan la noticia en sus primeras páginas; periodistas de grandes rotativos acuden al lugar y montan sus redacciones y emisiones de radio en directo. Este interés de la prensa tiene como efecto inmediato la llegada masivas de curiosos y el aumento de las atracciones de feria, venta de comidas, etc. Cercan el lugar y, a medida que aumenta la emoción y el morbo del espectáculo, se incrementa el precio de la entrada: de 0 a 50 centavos. El ciudadano corriente acude en masa al lugar (…).

Todos ganan, pero ¿alguien se acuerda del pobre Leo?
Pero ¿qué dices? No hay tiempo para esas tonterías. Continúa, continúa...

(…)El ansia del público por las noticias sensacionalistas crea un circulo vicioso: cuanto más se consumen, más negocio y beneficio para las empresas informativas, por lo que, más noticias amarillas se generan. El Gran Carnaval presenta a un público responsable de exigir a los medios de comunicación asuntos morbosos y sensacionalistas; es tan culpable y responsable como los medios de comunicación. El resultado de este círculo es que los lectores -visitantes- son, en gran medida, los verdaderos responsables de convertir la desgracia ajena, en este caso la de Leo,  en un entretenimiento morboso.

En definitiva, estamos en el cine y tenemos a un periodista protagonista sin escrúpulos; a una rubia fatal oportunista; a un sheriff corrupto; a un capataz sin escrúpulos, etc. Personajes que, fácilmente, identificas como “malas personas”: ellos son malos -piensas. Y te comes una palomita, mientras te reafirmas: rubia amargada y cruel… ¡Yo no soy así!. Y de repente te abofetean: ¡Zas! Y te llevas las manos a la cara. Y te duele. ¿Por dónde me ha venido la bofetada? -te preguntas mientras te recompones en el asiento. ¿Qué ha pasado? Y el dolor físico desaparece –si es que alguna vez estuvo ahí-, y te duele la conciencia. Y, aturdido, miras la pantalla y ya no quieres ver más. Y, repentinamente, te haces pequeñito y te escurres en tu asiento; y miras a la derecha y a la izquierda; y te chocas con los ojos de los otros que, también,  buscan complicidad. Buscan que tú les digas: no, nosotros no somos así, nosotros somos buenos ¿recuerdas?

¿Qué ha ocurrido? El Gran Carnaval tiene un personaje protagonista cuya crueldad hace que nos duela la conciencia: los “visitantes”. Esa gente que va a la cueva para ver el espectáculo. El público que, al fin y al cabo, es el que alimenta el sensacionalismo de la prensa. Y la película nos escupe a la cara las terribles consecuencias de este afán por el espectáculo, de ese gusto por el morbo. Y la prensa puede que se sienta molesta por la radiografía que le hace Wilder en su película; incluso puede que niegue que actúan de esa manera (ya puestos a mentir…). Y el ciudadano corriente, quizá opte por mirar hacia otro lado, pero no podrá evitar verse reflejado en esos hombres y mujeres que acudieron a la cueva desde todas partes de Estados Unidos atraídos por esa peligrosa fuerza de atracción que es el morbo.


La prensa es culpable, pero ¿que responsabilidad debe asumir el lector(público)? ¿Dónde queda la pasión por la verdad, el sentido crítico, la autoformación, el interés por estar informado de los ciudadanos corrientes? Para que nos den calidad, debemos entender la calidad y exigir calidad.

lunes, 5 de agosto de 2013

Los Idus de Marzo: la seducción del poder


César.- ¿Qué me dices ahora? Habla otra vez.
Adivino. - ¡Guárdate de los idus de marzo!
César. - Es un visionario; dejémosle.
(Shakespeare, Julio César)


Según cuenta el escritor griego Plutarco, Julio César desoyó el consejo del viejo adivino.  Y llegó el día. El quince de marzo del año 44 a. C.,  César fue asesinado. Desde entonces, los idus de marzo[1] se convirtieron en una fecha sombría y nefasta. Siglos después, allá por el XVI, William Shakespeare recreó la conspiración que acabó con el emperador romano en su obra Julio César (1599), e hizo famosa la frase “¡Cuídate de los idus de marzo!”.  

Cientos de años más tarde, George Clooney repite la osadía del todopoderoso Julio César. Arropado por un espectacular ejército de actores -liderados por Ryan Gosling y el mismo Clooney-,  ignora la advertencia del adivino,  y se pone en la piel de director por cuarta vez, para regalarnos Los idus de marzo –título original, The Ides of March-.  La película es una adaptación de la obra teatral escrita por el exconsejero demócrata Beau Willimon,  Farragut North (2008) en la que aborda las primarias del partido demócrata estadounidense de la campaña de Howard Dean de 2004. De hecho, en un principio, Los Idus de marzo se iba a dar a conocer como Farragut North. Finalmente,  Clooney eligió un título más shakesperiano,  consiguiendo impregnar a la película de una atmósfera de tragedia,  traición, drama,  intriga y conspiraciones.

George Clooney dirige, participa en el guión y co-protagoniza este viaje a las cloacas de la moral política. Y en este momento de enorme desafección de la ciudadanía hacia los políticos, parece una recomendación cinematográfica muy oportuna. A través de Los idus de marzo,   Clooney nos muestra qué es lo que sucede en el backstage de unas primarias dentro del partido demócrata y nos plantea la cuestión de si es posible que cualquier candidato pueda ganar siendo fiel a sus valores,  teniendo en cuenta que la experiencia de dirigir una campaña política puede llegar a ser demoledora para el cuerpo y el alma del individuo.

La extensa filmografía de Clooney como actor es un ramillete de películas comerciales y taquilleras, mezclado con trabajos más profundos. Entre otras producciones encontramos: Ocean's Eleven, Ocean's Twelve, Ocean's thirteen  (Steven Soderbergh, 2001, 2004, 2007), la serie Urgencias en la que trabajó siete temporadas y le lanzó a la fama (Michael Crichton, 1992- 2009), Up in the air (Jason Reitman, 2009) o Syriana (Stephen Gaghan, 2005). La consagración de Clooney como uno de los actores con más “tirón” y talento en el panorama hollywoodense y mundial, le ha permitido amasar una fortuna y adquirir una madurez suficiente y necesaria para enfocar su carrera como director hacia un cine independiente, con proyectos muy personales y alejados de lo puramente comercial.

Pero, no es la primera vez que Clooney trata el tema político o el de los medios de comunicación en las películas que dirige; ya lo hizo en Buenas noches, y buena suerte (2005). Largometraje que se centra en el tiempo que pasó el periodista Edward R. Murrow[2] en la CBS. Concretamente, nos describe cómo se cocinaron los polémicos reportajes sobre el senador McCarthy y refleja los conflictos entre el periodista y el senador,  a partir de las controvertidas acciones de este último en la época llamada "caza de brujas[3]" (Biografías y vidas, s.f.). Por otro lado, su primera película como director, Confesiones de una mente peligrosa (2003), curiosamente, también estuvo ambientada en el mundo de la televisión. La película cuenta la historia de un legendario show-man de la televisión con una doble vida: productor de televisión de día, asesino de la CIA de noche. Por último, en su  filmografía como director,  encontramos Leatherheads (en España, Ella es el partido), estrenada en 2008. Una comedia romántica sobre el fútbol que no tuvo demasiado éxito ni dentro, ni fuera de los Estados Unidos.

Con los Idus de marzo (2012),  Clooney aborda de lleno, y por primera vez, el thriller político. Pero, en realidad, no es una película política. No se centra en las ideas o doctrinas políticas, si no en el proceso electoral. Es una historia cínica y desoladora sobre la condición humana. George Clooney elige a un político americano como símbolo para retratar los engaños y los “chanchullos” que ocultan aquellos que siempre nos muestran  su cara más amable,  al mismo tiempo que esconden bajo la alfombra la suciedad que generan. Y en esta sacudida de alfombra que hace Clooney,   la basura llega a todas partes: a los medios de comunicación, a la clase política, a los valores norteamericanos, a las políticas conservadoras. Un trasfondo que refleja el cinismo –muy presente en estos tiempos que vivimos-,  entre el mensaje que se ofrece a la ciudadanía y la realidad de la clase que ostenta el poder.  Un argumento que nos puede llegar a recordar en ciertos aspectos a Primary Colors (1998) de Mike Nichols.

Ryan Gosling es el protagonista absoluto de la película; su personaje, Stephen Seyers,  lleva el peso del metraje. Interpreta a un jefe de prensa joven, tremendamente atractivo, elocuente e idealista que trabaja para un prometedor candidato, el gobernador de Pennsylvania Mike Morris (George Clooney).  El joven actor canadiense vuelve a cautivarnos como ya lo hizo en Drive (Nicolas Winding Refn,  2011) con su magistral interpretación. Clooney hace un uso constante de primeros planos sobre los actores, lo que ayuda a generar tensión y a que nos sumerjamos en la historia,  perdiendo la noción del tiempo y del espacio que nos rodea. Y Gosling transforma esos primeros planos en un cúmulo de gestos y de miradas que te cautivan y  que te transmiten, incluso, más que sus cuidados e inteligentes diálogos. El actor canadiense es capaz  de mantener un eterno silencio sobre sus espaldas sin que se pierda un ápice de seducción, de tensión, de intriga o de carga dramática.

Y, por supuesto, no podemos olvidarnos del apuesto actor y hombre Nespresso. George Clooney se mete en la piel del gobernador Mike Morris. Pese a ser un personaje secundario,  la trama se centra en el enfrentamiento/conflicto entre los dos personajes principales. Por un lado,  el joven asesor, Stepehn Meyers (Ryan Gosling) y por otro, el gobernador  demócrata Mike Morris (George Clooney). Stephen cree que su candidato es “el candidato” que necesita su país para que cambien las cosas. ¿Lealtad ciega? Está por ver. La cuestión es que el joven asesor se ve reflejado en los ideales del gobernador Morris: impuestos para los ricos, apoyo al matrimonio homosexual, no a la pena de muerte, etc. Ideales que,  de manera explícita, el candidato defiende en sus mensajes políticos,  y que Clooney-director deja caer sutilmente a lo largo de todo el filme. Mike Morris, por su parte, es un candidato modélico, carismático –nos llega, incluso, a recordar a Obama antes de ser Presidente de los Estados Unidos-, con la mujer perfecta, la sonrisa cautivadora, pero que esconde mucho más detrás de esa idílica fachada.

El reparto se completa con actores de la talla de  Philip Seymour Hoffman, que encarna al jefe de campaña del gobernador Moris; Paul Giamatti que interpreta al responsable de la campaña del oponente. Marisa Tomei, en un papel que representa a la prensa y medios en general; y Evan Rachel Wood que interpreta a una joven becaria del equipo de Morris. Personajes complejos inmersos en una trama, aparentemente sencilla,  y cuya interpretación es lo más destacable. George Clooney nos los va descubriendo con cuidada discreción,  de forma sutil e indirecta, mediante detalles que permiten que el espectador sea el que realice ese último trabajo de interpretación que tanto le gusta y le motiva. A este respecto, es importante destacar las numerosas elipsis que nos ofrece Clooney y que permiten esa “interpretación cooperativa”. El resultado es un filme con un estructura típica de thriller, pero con un montaje trepidante y un ritmo envidiable.

Los idus de marzo es un claro ejemplo de que no siempre son necesarias las grandes producciones para arriesgar y para cautivar a los espectadores. Clooney deja a un lado la cámara y se centra de lleno en la interpretación de sus personajes,  y en crear atmósferas íntimas y muy personales:  la iluminación, el uso inteligente de los silencios; los primeros planos y una música –la justa y necesaria- evocadora y que aporta la tensión necesaria que cada escena requiere. Clooney, fiel a sus valores, muestra al mundo sin ambigüedades  ni patriotismo barato, lo que se cuece en unas primarias americanas. Diálogos acertados, frases definitivas e interpretaciones impecables que reflejan con gran acierto la realidad y que esconden un trabajo profundo de documentación, de producción y de dirección.

En definitiva, cine de compromiso y denuncia en forma de thriller.  Una película que no nos ofrece soluciones, ni lecciones. En la que no hay vencedores, ni vencidos. Un filme cuyo leit motiv es la seducción del poder,  y que deja al espectador la autonomía suficiente para que sea capaz de identificar y descubrir los significados que hay tras su atrayente fachada. Está claro que a Clooney le pone eso que llaman política.



[1] En el calendario romano los idus eran jornadas de buenos augurios, que tenían lugar los  días 13 de cada mes, excepto en marzo, mayo, julio y octubre que se celebraba el día 15.
[2] Periodista estadounidense que trabajó como locutor de noticias en la CBS para radio y televisión. Alcanzó la fama como locutor de radio durante la II Guerra Mundial. Es considerado como una de las grandes figuras del periodismo de su tiempo. Fue uno de los pioneros de la televisión y produjo una serie de reportajes que lo enfrentaron con el senador Joseph McCarthy.
[3] McCarthy instigó una cruzada anticomunista. El  «macarthismo» ha sido acuñado para describir la intensa persecución anticomunista que existió en Norteamérica desde 1950 hasta alrededor de 1956. Durante este periodo, las personas que eran sospechosas de ser leales al comunismo se convirtieron en el blanco de investigaciones gubernamentales. Estos procesos fueron conocidos como la «caza de brujas».