martes, 30 de julio de 2013

Tres generaciones

Mary subió corriendo las escaleras y entró en la habitación de su abuela Terry sin avisar:

¡Abuela, abuela! ¡Estoy en todos los kioscos! ¡Abuela, mire!


Mary le mostró el ejemplar de Cosmopolitan España del mes de octubre: su esbelta figura, su melena, su mirada inocente y su sensualidad ocupaban la portada.

Vaya, vaya, ¡cuánta excitación! 
A ver, déjame que te vea -miró la portada y no dijo nada.

Terry tenía noventa años, pero su mente era brillante y, pese a llevar años viviendo en España, no había perdido ese acento americano tan característico. De repente una lágrima cayó por su mejilla.

¿Qué pasa abuela? ¿No le gusta?
No querida, no. Son los recuerdos...
Si tienes tiempo, te cuento una historia.
Abre ese cajón, y tráeme la carpeta roja.
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Mary la buscó y se la dio. Terry sacó dos ejemplares de Cosmopolitan: uno de 1938 y otro de 1896. La portada del ejemplar de septiembre del 38 era espectacular: un casi primer plano de una bellísima rubia que parecía disfrutar de unas vacaciones en su yate. Melena al viento, hombros descubiertos, y en un segundo plano, un apuesto capitán de barco conduciendo la embarcación -que se intuía, pero no se mostraba-. Mary se quedó boquiabierta. Sí, querida -dijo Terry-, esta joven de 21 años es tu abuela.

"Eran años buenos para la revista y para la mujer -comenzó a relatar la abuela-, después de publicaciones para la familia, la mujer había conseguido que editaran una para ella, renovada y más especializada.

Cosmopolitan reflejaba a la mujer moderna y sofisticada. Por fin mujeres espectaculares y en bikini en las portadas. Colores vivos y sensualidad, mucha sensualidad. Si te fijas, la tipografía para el nombre es distinta respecto a la de 2007, y por esa época los titulares en la portada no ocupaban tanto protagonismo como en la que tú sales, mi querida niña. En el 38 todavía no se editaba fuera de los Estados Unidos; y, aunque en menor medida que en el 1896, se mantenía la publicación de temas de ficción ("A complete Book-lenght Novel").

Mary escuchaba atentamente a su abuela. Su mirada era de asombro y de tremenda admiración, vaya con la abuela Terry, qué callado se lo tenía, pensaba. Terry cogió la otra revista, la de mayo de 1896. De nuevo, un ejemplar en inglés. Su editor, John Brisben Walker había adquirido la revista en 1889 y con él llegaron las ilustraciones en color, las revisiones de libros y de seriales.
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Cosmopolitan era un interesante mercado para la ficción y contaba con las colaboraciones de diferentes autores. En la parte derecha de la portada, aparecen los contenidos de la revista. Un estilo delicado, ordenado y sencillo, pero con toda la información de lo que podía leerse y en qué página se encontraba.

"Era un ejemplar hermoso -continuó Terry-, la portada tenía, de nuevo, a la mujer como protagonista. Pero más recatada, más vestida, con cero sensualidad. La perfecta futura madre de familia, mujer de su casa. Ilustrada como si de una foto de colgante se tratara, la mujer se mostraba envuelta en un halo de bondad.

La organización de los elementos de la portada se mantenía prácticamente igual a la portada del 38 o de 2007: en la parte superior y con grandes letra se leía el nombre de la revista "COSMOPOLITAN". La "C", como en la edición del 38, envolvía a la primera "O". Costumbre que ya no aparecería en la tipografía de la revista del siglo XXI. Sí es cierto, que en el 96 la importancia del texto era mayor que en el 38 -año en el que la imagen dominaba la escena-, y diferente respecto a la de 2007".

"Es mi madre -prosiguió Terry-, tu bisabuela. Por esa época, las revistas ya se consumían de forma masiva en los Estados Unidos; en 1865 se produjo el primer boom de las revistas y con él, una mayor segmentación y una especialización demográfica y social dentro de las revista femeninas.

Cosmopolitan -que apenas tenía diez años de vida y que nació como revista familiar-, se convirtió en una de las publicaciones femeninas más importante de la época. Si te fijas, ya aparecen las ilustraciones a color; colores más pasteles, menos vivos, pero color al fin y al cabo. Y los contenido se detallan con tremenda precisión, página incluida, en la parte derecha de la portada".

Mary no dejaba de mirar ese ejemplar del siglo XIX y lo comparaba con el suyo: la fuerza, el dinamismo, la espectacularidad del de 2007 se suplía por la delicadeza, la ternura y la "fragilidad" del de su bisabuela. De repente, vio algo que le llamó la atención: ¿10 centavos, abuela? ¿Solo costaba 10 centavos? ¡Un dólar al año!

Ay, mi querida nieta,
¡no se hubiesen vendido ejemplares al precio de hoy!

"Por aquellos años la publicidad empezó a ser pieza clave para las publicaciones y las revistas apostaron por abaratar el precio de sus ejemplares.

Gracias a los ingresos de esa recién nacida publicidad, los editores lograron vender cada ejemplar, incluso, a un precio inferior de su coste real (...)".
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lunes, 29 de julio de 2013

Cuando el tiempo no cura

El autobús del colegio me dejó enfrente de mi casa. Había sido el último día de clase para los de cuarto de EGB y solo pensaba que esa tarde comenzaba mis vacaciones de Semana Santa, y en que mis padres me esperaban en casa para irnos a la nieve. Subí las escaleras de los cuatro pisos de tres en tres escalones. Llegué a la puerta de casa con la lengua fuera, jadeando como un perro. 

Me apoyé en la pared para recuperar el aliento y llamé; del otro lado nadie me abrió. Insistí y pulsé el timbre durante treinta segundos que conté. Nada. Al final, no me quedó otra: me quité la mochila de los hombros,  busqué las llaves y abrí la puerta.

Mamá, papá,  ya estoy en casa –gritaba mientras los buscaba-, 
mamá, papá soy Andrea... ¿dónde estáis?

Fui a su habitación y la puerta estaba cerrada. Mis padres me habían enseñado a no entrar si no estaba abierta. Mamá, papá soy Andrea ¿puedo pasar?- dije en voz alta. De repente, salió mi padre:

Princesa, mamá ha tenido que salir por viaje de trabajo. 
Me pide que te diga que disfrutes de la nieve y que te quiere mucho. 
Vamos, recoge tus cosas; en diez minutos te espero fuera. 

Cerró la puerta de la habitación y se marchó. Vi cómo se guardaba una nota en el bolsillo del vaquero mientras se alejaba. Me quedé pensando, ¿qué decía esa nota que mi padre escondía?, ¿dónde estaba mi madre?

No tenía tiempo para cambiarme de ropa, así que fui a mi habitación, agarré el bolso que mi madre me había preparado la noche anterior, y salí de casa. Mi padre me esperaba con el coche en marcha en la acera de enfrente. Cerré el portal, me cargué el bolso al hombro y crucé la calle. En cuanto lo dejé en el maletero y me puse el cinturón de seguridad, mi padre arrancó el coche y no habló hasta que vimos la nieve.

Ninguno de los dos nombró a mi madre durante las vacaciones. Desayunábamos juntos antes de ponernos los esquís. Descendíamos las larguísimas pistas de nieve haciendo apuestas que yo siempre perdía. Todas las tardes, disfrutábamos de una taza de chocolate caliente al lado de la chimenea, mientras  nos reíamos recordando la última caída de mi padre o la cara de susto de la señora del pelo gris cuando, por sorpresa, le alcanzó una bola de nieve. Sin darme cuenta, durante esa semana, borré la escena de la puerta cerrada, borré la nota misteriosa, borré el silencio del viaje. Solo recordé que mi madre no había venido porque "había salido de viaje", viaje de negocios. Pobrecita –pensé-, lo que se está perdiendo.

Después de una semana de nieve regresamos a casa. Llegamos un domingo por la noche. Al día siguiente, yo tenía que ir a clase y mi padre a trabajar. Estábamos agotados por el viaje. No cené, un baño caliente es lo único que tomé antes de irme a la cama.

Mi padre y yo teníamos nuestras rutinas: yo iba al colegio, mi padre a su trabajo y, juntos, compartíamos los desayunos y las cenas. Los fines de semana veíamos películas en el cine, salíamos a comer, montábamos en bici, íbamos de compras. No nos separábamos. Las noches eran distintas. En la cama, sola, tapada hasta las orejas con el edredón y mirando al techo, me hacía miles de preguntas: ¿qué dice esa nota?, ¿dónde está mamá?, ¿por qué no vuelve?, ¿por qué solo yo la echo de menos?, ¿qué le pasa a papá?, ¿por qué no pregunta por ella?, ¿ya no la quiere? Preguntas que no tenían respuesta y que me acompañaban hasta que me quedaba dormida.

El mes de junio llegó, y con él, el día de mi cumpleaños. Diez años. Mi padre me despertó con un gigantesco elefante de peluche rojo que tenía un lazo dorado alrededor de la cabeza. Feliz cumpleaños princesa -me dijo mientras dejaba su regalo sobre mi estómago. Haciendo malabares para no tirar el elefante, me incorporé en la cama y me quedé mirándolo:

¿Dónde está mamá? –le pregunté-. 
Hace semanas que volvimos de la nieve y no ha vuelto… 
¿es que ya no me quiere? 

Su sonrisa desapareció y frunció el ceño. Bajó la mirada, tomó aire y lo soltó muy despacio:

Princesa -comenzó a decir-, hoy es tu cumpleaños, 
no pienses en esas cosas. 

Silencio. Abrí la boca para replicarle y me la tapó con su mano: vístete, que llegarás tarde. Se levantó del borde de mi cama y se fue a preparar el desayuno.

Mientras me ponía el uniforme decidí que ese día no cogería el autobús del colegio. Cuando mi padre se fuera, volvería a casa, entraría en su habitación y buscaría esa nota.

Escondida detrás del buzón amarillo de la acera de enfrente de mi casa,  vi cómo la vecina  besaba a su hijo -mi amigo Juan-, antes de que subiera al autobús. Luego arrancó y, en cuestión de segundos, lo perdí de vista. También vi como mi padre salía del garaje con su coche rumbo a su trabajo. Permanecí escondida quince minutos más. Después, crucé la calle y entré en mi portal. Subí las escaleras y abrí la puerta de mi casa.

Tiré la mochila al suelo y corrí hacia la habitación de mis padres. De nuevo la puerta cerrada. Esta vez  desobedecí y entré. Fui directamente a la mesilla de mi padre y revisé todos los cajones. Encontré un libro, unas gafas de lectura, una radio de bolsillo, unos pañuelos de papel, pero ni rastro de la nota. Dejé los cajones de mi padre y me fijé en el armario de mi madre. Lo abrí y las perchas estaban vacías. Mi corazón empezó a latir más deprisa y mis manos a temblar. Miré en sus cajones. Vacíos. No había ni rastro de sus cosas. Recorrí la habitación buscando cualquier cosa que  fuera de mi madre: revolví la cama, busqué en su tocador, tiré cajones al suelo. La llamé a gritos, lloré, di patadas.

El escándalo que monté alarmó a la vecina de enfrente, y no tardó ni un minuto en localizar a mi padre. No sé cuánto tiempo pasó hasta que sus brazos me rodearon y me llevaron contra su pecho. Caímos al suelo. Yo tenía la respiración fuerte y entrecortada y los ojos rojos de tanto llorar. Mi padre balanceaba su cuerpo suavemente, de izquierda a derecha,  y me abrazaba con fuerza. Yo le pregunté por mi madre, por la nota que escondió en su bolsillo, pero él tan solo tapaba mi boca con su dedo índice.

Cuando mi respiración fue tranquila, cuando dejé de llorar y cuando mi pulso se normalizó, mi padre me dijo: 

Princesa, perdóname, no sabía cómo contártelo. No quería que sufrieras. 
Tú mamá -la voz de mi padre temblaba, apenas era un susurro-, 
mamá se ha ido para siempre. 
Ese día, después de que te fueras al colegio hizo las maletas; 
me dijo que nos quería, pero que también quería a otra persona. 
Me dejó una nota en la que me decía que te amaba y te rogaba que algún día la perdonaras.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, los míos se secaron. Ya no tenía más lágrimas; no me quedaban gritos; no había más preguntas. Nada, no me quedaba nada dentro, mi madre se había llevado todo. 



viernes, 26 de julio de 2013

Imposible luchar contra la Ley de la gravedad. Caen los brazos.


Cien euros por mis gemelos. Cien roñosos euros por unos Benson & Clegg que a Fabiola le costaron fortuna. Las casas de empeño son parásitos que chupan sangre humana. A mí me acaban de sacar  un par de litros. Cien euros y una camisa de gemelos sin gemelos, ese es todo mi capital. Y un calor insoportable. No me puedo quitar la chaqueta y apenas muevo los brazos: si no voy con cuidado todos estos se enteran de la ausencia de mis “Benson”.

Después de levantar un imperio inmobiliario y conducirlo durante más de tres décadas, aquí estoy, esperando por la limosna del Estado; sentado en la esquina de un banco de madera, compartiendo espacio con un par de desgraciados. Les doy ligeramente la espalda, pero sus movimientos de brazos son tan exagerados que no consigo perderlos de vista. Y encima no dejan de hablar: uno de ellos con el otro, y el otro con alguien por el móvil. El brazo de hierro del banco de madera se me clava en las costillas, las gotas de sudor hacen carreras en mi espalda y esto no avanza. Prefiero estar aquí que en la sala de espera. Una suerte que pongan un banco de parque en la entrada del INEM desde el que puedes ver cuándo es tu turno. Una suerte haberlo encontrado vacío; vacío hasta que llegaron los desgraciados que parlotean.

B25. Yo tengo el B70. Cada vez que suena el timbre levanto la vista de mi blackberry y miro la pantalla donde anuncian la letra, el número y la mesa disponible. Lo hago aunque avance la letra A, la B, la C o la N. Parece que el INEM ha comprado todo el abecedario. La última y única vez que me acerqué a estas oficinas no habían letras, ni números; uno llegaba y resolvía su trámite sin tanta ceremonia. Claro que también la situación, mi situación era muy distinta: en ese momento llevaba con orgullo los contratos de mis diecisiete primeros empleados para darles de alta en la Seguridad Social. Hoy, vengo a que me sellen la tarjeta del paro para poder cobrar la miseria que el Estado considera que vale mis treinta y cuatro años de trabajo.

Hace un par de semanas tuve que llamar para pedir cita: 28 de agosto, a las 9:45 de la mañana. En mi agenda lo anoté como “cita con el médico”; Fabiola suele husmear entre mis cosas y prefiero que me interrogue por una cita extraña con un médico desconocido para ella, a que descubra que hace seis meses que estamos arruinados. Prefiero mentir a confesarlo. Y como iba al médico, me ha sugerido que me ponga mis Benson; conoce mi terror a las batas blancas y sabe que llevarlos me hace sentir más seguro, más valiente. Y ahora los tiene la sanguijuela de la casa de empeños y yo tengo cien euros. 

B26. Levanto la vista de mi blackberry. Miro la pantalla y luego mis ojos vuelven al mismo lugar. Mi mente hace cuentas. Cien euros, lo del paro, el dinero de la cuota del club de golf y lo que me den por los palos… no son ni dos mil euros. No llego. Ni siquiera me acerco a cubrir la hipoteca. La letra del coche, la cuota del club, las clases de tai chi y boxeo de Fabiola, el colegio de Amanda; voy a colapsar. El sudor aparece en mi frente, pero no quiero subir los brazos para limpiarme, se verían mis no gemelos.

Los que me acompañaban en el banco se han levantado; ahora discuten de pie. No los puedo ver, mis ojos continúan clavados en la pantalla de mi teléfono, pero oigo sus gritos. Un pitido agudo  en  mi oído izquierdo me hace descongelar mi brazo derecho y agarrarme la frente. Tarde, mis no gemelos han quedado al descubierto y el brazo de hierro del banco de madera cada vez está más incrustado en mis costillas. 

B27. Esta vez no levanto la vista, solo giro la cabeza y veo el número.

B28. Vaya, parece que esto se anima. Me recompongo y mis ojos vuelven a mirar la pantalla de mi blacberry; y mis no gemelos, de nuevo, quedan semicultos por los puños de mi americana. Y no soy capaz de extirpar de mis costillas el brazo de hierro del banco de madera que hace ya una hora y media que soporta mi peso.

Respiro muy profundo y enciendo mi móvil. El logo de Movistar aparece bailando al son de una melodía que nunca he sabido eliminarla o quitarle el volumen. Es muy poco discreta. Seis llamadas no contestadas, seis mensajes en el buzón de voz y seis mensajes de texto. Todos de Fabiola. Los borro y activo el modo “silencio”. Reviso mi mail: nada. Poco a poco todos han dejado de escribir. En apenas seis meses esos apretones de manos acompañados de un "no te preocupes, te llamaré la semana que viene" o "para lo que necesites ya sabes dónde estoy" se han convertido en lo que son: tópicos que nunca se cumplen y que encubren un “pobre hombre”, “está acabado, de esta no sale” (...).

Ahora lo que miro fijamente es la "M" de Movistar. No quiero apagarlo y escuchar la puta melodía otra vez. Me doy cuenta de que estoy estrangulando a mi blackberry con las dos manos. Si no fuera porque es imposible, diría que la "M" azul de Movistar se pone  morada y me suplica  que pare con sus dos patitas; juraría que se mueven. 

B29. Le ha salvado el timbre. La "M" empieza a respirar y recupera su azul popular. Sus patitas dejan de agitarse.

B30. Dos horas y media y todavía me faltan 40 timbres. Mi camisa con no gemelos está empapada en sudor. Mis manos empiezan a sufrir los primeros calambres y sostener el teléfono se hace cada vez más doloroso: tan solo los pulgares y los índices de mis manos conservan algo de fuerza y lo agarran a duras penas. Mis costillas reciben con mayor frecuencia pinchazos agudos que me hacen contener la respiración durante dos o tres segundos. 

B31. Ya no levanto los ojos. Ahora dirijo mi mirada hacia mis no gemelos. No sé el tiempo que paso ahí, observando un ojal vacío, unos puños desorientados. Lo que parece ser una lágrima salta de mi ojo y baja por la mejilla uniéndose a la altura de la nariz con una gota de sudor que pasaba por ahí. Está unión consigue que unan fuerzas y agarren velocidad. Juntas llegan a la barbilla y utilizan mi prominente mentón para hacer un gran salto al vacío: es tal la distancia que recorren, que alcanzan mi blacberry y se estrellan contra la pantalla.

No pienso más. Bajo los brazos: me quito mi americana y me remango. Mucho mejor.